sábado, 16 de septiembre de 2017

Me siento muy bien

¿Te sientes bien?
¿Qué es lo que tiene valor?


Me siento muy bien.

Hoy ha sido un día completo. Pleno. De esos en los que disfruto de verdad.

A medio día he ido con mi suegro a urgencias. He estado allí con él y mi suegra hasta casi las cuatro de la tarde, hasta cuando el doctor ha decidido qué pruebas le iba a realizar. Entonces me he ido a casa a comer.

No he obtenido nada para mí.

¡Pero me siento muy bien!

He comido, he descansado un poco y a las cinco he ido a casa de Virginia. Me ha dado la llave de su casa esta mañana. A esa hora tenía la visita del instalador de la fibra óptica para llegar a una velocidad de trescientas megas en su conexión de internet. A ella le ha surgido un imprevisto y no iba a llegar a casa hasta las seis. Mi hijo está con anginas, pero le he dicho que lo llevaría al médico a las seis, una vez volviera de casa de Virginia.

No he obtenido nada para mí.

¡Pero me siento muy bien!

Poco después de las seis he llegado a casa y me he ido con mi hijo al ambulatorio para que le mirasen las anginas. En la adolescencia es muy común esta dolencia. Lleva con el antibiótico cinco días y las sigue teniendo igual que el primer día; le duelen un montón. Han tardado en atendernos, pero la doctora que nos ha atendido ha sido muy amable. Le han puesto una inyección de penicilina, ha dicho la doctora que era lo mejor. El pobre ha aguantado las lágrimas hasta que hemos salido del centro médico, entonces ya no ha podido resistir más el dolor de la inyección y se ha puesto a llorar. Casi no podía caminar. Se me rompía el alma. Yo solo le decía que era necesario para mejorar, que lo iba a notar enseguida, que vería como merecía la pena el dolor.

No he obtenido nada para mí.

¡Pero me siento muy bien!

De camino a casa he llamado a mi suegra desde el manos libres del coche y me ha dicho que le estaban preparando el informe de alta a mi suegro para irse a casa. He llegado a casa pasadas las siete y media para dejar a mi hijo y he vuelto al hospital a recoger a mis suegros. A las ocho y media los he dejado en su casa y me he venido para la mía.

No he obtenido nada para mí.

¡Pero me siento muy bien!

Mi hija esta noche quería ver la película de “Doraemon”. Le encanta esa serie y la película de esta noche no la había visto. La he estado viendo con ella. Ella sentada encima de mí, los dos en el sillón. Ha sido una película sobre valores. Sobre la competitividad aplastante de los malos. Sobre los sentimientos de ayuda y solidaridad de los buenos. Dibujos animados para niños de menos de diez años muy educativos.

No he obtenido nada para mí.

¡Pero me siento muy bien!

Ahora estoy durmiéndola. Me ha pedido que le dé mimitos para que se duerma antes. Me encanta tumbarme con ella y ponerle las manos encima para transmitirle energía vital. Ella lo llama mimitos. Yo sé que es mucho más que eso. Es Energía Universal.

No estoy obteniendo nada para mí.

Como durante el resto del día.

¡Pero me siento muy bien!

Esta mañana, en el trabajo, he pactado la rehabilitación social para una familia y he contactado con otras tres para estudiar su caso. Ellos se liberan de las cargas y vuelven al mundo normal. Yo no obtengo nada para mí; bueno, sí, mi salario, pero lo obtendría igual en otro puesto. Éste es muy duro, me encuentro con un mundo de penalidades y sufrimientos que busco eliminar. Muchos, casi todos, aunque pagan un precio muy alto, me dan las gracias.

No obtengo nada para mí.

¡Pero me siento muy bien!

En esta vida no voy buscando el beneficio o el aprovecharme de los de mi entorno.

Me gusta más dar que pedir. De hecho pido poco.

Por eso quizás, cuando alguien de mi entorno no me da algo que a él no le costaría nada, me revelo y lo rechazo hasta el punto de borrarlo de mi lista de personas próximas. Si lo mantengo seguirá recibiendo de mí y no lo merece.

Pero no he de acordarme de los indeseables. Ya están borrados de mi lista y es como si no existieran. En mi mundo solo debe haber personas buenas.

Hoy ha sido un gran día.

He hecho lo que más me gusta: ¡ayudar!

No obtengo nada para mí. Aparentemente no obtengo nada para mí.

Pero siento que recibo más de lo que doy. 

¡Me siento muy bien!


viernes, 18 de agosto de 2017

Don Caradura

Quien no sabe pedir
no sabe vivir.



Dieciocho de agosto. En quince días me voy al pueblo.

Ya no habrá mucha gente, pero aun quedará el fin de semana de la romería y de la feria con los toros.

Tengo que llamar a Bécquer para pedirle la casa. Yo creo que no he hablado con él desde la fiesta del Cristo, pero es que no lo soporto.

Tendré que hacerme el simpático aunque no me salga de dentro. No me apetece nada, me da mucha pereza.

No es santo de mi devoción, pero como no tengo casa me tengo que buscar la vida para poder ir al pueblo y éste con poco que le diga seguro que me la deja, como todos los años.

La verdad es que sale bien tener un amigo así. Hace todo lo que le solicito y me pide poco, y a lo poco que me pide intento escaquearme para no hacérselo.

No es muy listo, no. Así no se puede ir por la vida, si haces todo lo que te piden consigues que se aprovechen de ti. Favores hay que hacer los justos, que aunque creas que no te perjudicas siempre que haces uno sales perdiendo.

Por eso cuando Bécquer me pide algún favor eludo hacérselo. Se lo hago cuando ya no tengo más remedio, cuando tengo que pedirle yo alguna cosa; así evito que me diga que no, no vaya a ser que aprenda y empiece a negarme cosas que necesito, como su casa en el pueblo, que si no me la deja no me puedo pasar los quince días de vacaciones allí.

Este fin de semana tengo que llamarlo y tratarlo de amigo. La táctica es la de siempre, yo no sé cómo no se da cuenta de que lo único que me une a él es lo que de él obtengo. Si no fuera por su casa… ¡Ni lo saludaría! Pero merece la pena hacer el sacrificio y tener casa gratis para mí y mi familia en el pueblo. ¡Sale a buen precio!

Siempre le digo lo mismo: “Si te tengo que dar algo por los quince días dímelo.” Siempre contesta lo mismo: “¿Qué te voy a pedir a ti? Con que me la dejes limpia cuando te vayas es suficiente.” ¡Conmovedor!

Recuerdo que un año, cuando le dije que si le tenía que dar algo, me dijo que le llevase una ensaimada, que hacía mucho que no la comía y que las de aquí son las mejores. Ese año se me olvidó llevársela. ¡Que cabeza la mía! No notó mi ironía cuando le dije que me la había dejado en casa, encima de la mesa de la cocina, que con las prisas para ir al aeropuerto se me había olvidado. ¡Vergonzoso! No se puede ser más tonto, yo creo que se lo hace…

Voy a poner una nota en el frigorífico para llamarlo mañana, el día uno quiero estar allí y cuanto antes se lo diga mejor, no vaya a ser que piense quedarse más este año. Me gusta que mi familia y yo estemos solos en su casa y cuanto antes se lo diga mejor, para que vaya organizándose y se vaya antes del treinta y uno.




domingo, 6 de agosto de 2017

La mirada al horizonte

La luna y tu destino comparten
tu mirada al horizonte.


Ya se empieza a ver. El orto lunar coincide con el ocaso solar. Hay luna llena.

Su silueta anaranjada va apareciendo por el horizonte. Enorme.

La dama de la noche se presenta gigantesca.

Como nuestros sueños.

Como nuestros objetivos, anhelos y deseos.

Perseguimos nuestros sueños atisbándolos en el horizonte, magnificados. Como a la luna.

¿Será eso lo que le pasó?

Se imaginó como sería su vida sin mí. Probó y experimentó a hurtadillas como sería esa nueva vida plena de deseo y lujuria.

Vislumbró en el horizonte su destino, su aparente grandioso destino.

Pero no se dio cuenta del espejismo. Pensó que esa nueva realidad, una vez en ella, sería tan maravillosa, tan estupenda, tan grandiosa como la adivinaba en el horizonte.

Ilusión. Solo tuvo una ilusión. Como lo es el tamaño de la luna cuando aparece por oriente.

Y la realidad, la curiosa realidad, es que el mayor tamaño de la luna en el horizonte es producto de nuestro cerebro, de nuestra interpretación de la realidad, de cómo creemos que son las cosas cuando las miramos.

Cómo nuestras quimeras. Cómo su quimera.

A la luna no la agranda la atmósfera, la agranda nuestro cerebro, que interpreta como más grande algo situado en el horizonte que situado en el cenit. La luna la puedo medir con mi dedo y veré que mide lo mismo cuando está saliendo, anaranjada, que cuando está encima de mí, brillante.

Fue lo que le ocurrió. Extrapoló al todo la pequeña parte que había experimentado furtivamente,  sin darse cuenta que las relaciones con determinadas personas con las que nos cruzamos en la vida son como los alucinógenos, que probados en pequeñas cantidades pueden llevarte al éxtasis  pero en grandes cantidades pueden matarte.

Pero en su ilusión vio su nueva vida, allá en el horizonte, magnífica, fastuosa, radiante…

Y una vez se ha zambullido en ella, en su nueva realidad, ha descubierto su delirio.

Pero en la travesía a su entelequia quemó las naves y no es posible el retorno.

Ahora, con la ropa empapada y la mente despejada por el frío de su existencia, mira a occidente, de donde partió, y, viéndolo también magnificado, se arrepiente de su decisión, de su irrevocable decisión.

Vive en tu luna. Yo prefiero mi tierra. 


jueves, 27 de julio de 2017

Colorante E-120

¿Has probado a comer insectos?
Los has comido, pero no lo sabes.


“Papá, ¿qué es colorante natural E-120?”

Esa ha sido la pregunta.

Siempre contesto a las preguntas de mi hijo de forma veraz, dándole la máxima información. Lo hago usando palabras que él entienda, sin tecnicismos, pero siempre procuro que le quede clara mi respuesta.

Posiblemente esté entre el  0,001% de los niños de su edad que más sabe sobre la teoría de la relatividad, entrelazamientos cuánticos, estructura atómica, campos electromagnéticos… Son campos que a mí me apasionan y siempre procuro contestar a sus preguntas sobre esos temas facilitándole al máximo lo que yo sé de ellos.

Pero ¿el colorante E-120?

Estábamos preparando macarrones con carne picada. Tenía el envase de carne picada y él se había puesto a leer los ingredientes: Carne de pavo y pollo (52%), agua, carne de cerdo (5%), proteína de soja, arroz (4%), sal, almidón, especias, aromas, antioxidantes (e-301), conservador (sulfito sódico, e-262) y colorante natural (e-120).

Al terminar de leer todos me ha preguntado por el último que ha leído en la etiqueta.

Le he dicho que es un producto que se usa para dar color a la carne. Es una respuesta obvia, que disimulaba el poco conocimiento que tenía sobre la sustancia en cuestión.

Pero él no se ha quedado conforme y ha vuelo a la carga con otra pregunta: “¿Y de qué está hecho?”

¡Ah! ¿Y de que se obtiene el E-120?

No tenía ni idea, por lo que, siguiendo con mi línea de facilitarle siempre una información veraz a todas sus preguntas, no me he inventado nada y le he contestado: “Vamos preparar los macarrones y después lo busco en internet.”

Y lo he buscado. Y lo he encontrado.

¡Hembras de cochinilla! ¡Está hecho de hembras de cochinilla! Un insecto originario de México que parasita las chumberas.

Es decir, ¡que estamos comiendo insectos!

La hembra de la cochinilla triturada, aplastada, convertida en polvo, se usa para conferir el color rojo a la carne picada, las salchichas, los batidos de fresa, los yogures de fresa, los danoninos…

Se usa también en cosmética, sobre todo en coloretes y pintalabios.

La hembra de la cochinilla es la responsable del rojo carmín, por eso en algunos productos alimenticios en vez de poner entre los ingredientes “colorante E-120” ponen “carmines”, puede que los responsables de imagen de algunas marcas encuentres ese nombre más atractivo.

¡El poder de la cochinilla!

España mantuvo el monopolio del comercio del rojo polvo obtenido de la cochinilla desde el siglo XVI (1523) hasta principios del siglo XIX. Usado por la industria textil para conferir a las ese color rojo tan característico.

La cochinilla se producía en Oaxaca, al sur de Nueva España. Cuando la independencia de México se vio imparable se trasladó la producción a Canarias.

Durante siglos, en el resto de Europa no conocían su origen, que los españoles guardábamos con celo. Pensaban nuestros enemigos que lo obteníamos de una planta o semilla y estaban como locos por descubrir de cual. ¡Guardamos el secreto cientos de años!

Así que nuestra dieta incluye de todo. ¡Hasta insectos como las cochinillas!


viernes, 30 de junio de 2017

Siete gatos y su madre


Lo que no vemos
También existe.


Dicen que los beduinos siempre llevan gatos y perros en su tribu mientras deambulan por el desierto, de oasis en oasis, con su ganado.

Dicen que cuando toca acampar, se paran y dejan que los gatos y los perros busquen su lugar de descanso.

Dicen que para montar su tienda siempre eligen el lugar donde los perros se tumban a descansar. Éstos buscan los lugares con poca actividad energética.

Dicen que los beduinos nunca montan su tienda en el lugar elegido por los gatos. Dicen que los gatos son nuestros guardianes del mundo energético, que buscan los lugares por los que la energía fluye para absorberla  y protegernos de ella.

El Doctor Who nos habla de “las grietas del tiempo”. Lugares por los que fluye la energía para cambiar el presente y modificar el futuro. Cuando las grietas aumentan se crean inestabilidades temporales que no pueden ser modificadas por la acción humana. Suceden cosas que sucederán sí o sí, que un viajero del tiempo no podrá cambiar.

Los gatos buscan esos lugares en los que las grietas del tiempo emiten energía que modifica el futuro  de forma irremisible. Los gatos nos protegen de esa energía indómita y se alimentan de ella. Los beduinos lo saben bien.

En mi jardín esta primavera han nacido siete gatos.

En mi vida desde primeros de febrero están ocurriendo cambios inesperados.

¿Tendrán relación?

Paralelamente recibo lecciones de la vida que provocan que se reescriban todos mis recuerdos con una visión diferente, en la que los villanos quedan desenmascarados.

Y cambios y cambios… Unos mayores, otros menores... para llenar varias páginas.

Hoy la gata se ha llevado a seis de sus siete crías. Ha dejado una gatilla mansa y preciosa. La he cogido y parece que ha estado conmigo desde que nació. Sé que su madre volverá a por ella.

¿Se estarán cerrando las grietas del tiempo? ¿O estarán aumentando tanto que ya ni los gatos pueden soportarlas?

Dejemos al tiempo transcurrir, nos revelará lo que no vemos. ¡No te quepa la menor duda!






viernes, 19 de mayo de 2017

Doscientos veintidós

Aunque ya no estés conmigo
tu recuerdo sí lo está.

Dos semanas.

Ya hace dos semanas que nos separamos.

Después de dieciocho años y medio juntos hemos llegado al final.

En estos últimos tres años hemos tenido varias crisis. Hace dos años y medio todo estuvo a punto de terminar, pero lo superamos.

Ahora no ha sido posible.

Recuerdo los momentos que hemos vivido.

Las muchas horas juntos.

Nuestros viajes.

Nuestro ir y venir a Talavera de la Reina. Los catorce meses yendo a Villalba de la Sierra, con la carretera helada…

Valencia, Madrid, Murcia, Almería, Teruel, Zaragoza… Y tantas ciudades a dónde me has llevado.

Lourdes y Fátima. Lugares santos que he visitado contigo.

Ciento noventa mil kilómetros en dieciocho años y medio. ¡Doscientos veintidós meses!

Pero todo tiene su final y lo nuestro tenía que terminar.

Hoy te he visto. Brillante. Con la placa de matrícula delantera cambiada. La E ya era E y no F. ¡Estabas precioso!

No sé con quién te irás, quien te conducirá… Pero tu recuerdo perdurará. Tus prestaciones, tu aceleración. Tu respuesta en las situaciones difíciles… ¡Te estoy tan agradecido!

Solo te deseo una nueva vida tranquila, que te cuiden, que te mimen como yo te he mimado…

Siempre estarás en mi recuerdo. En nuestro recuerdo. Mis hijos solo han tenido un coche: Tú, el coche azul. Nuestro coche hasta hace quince días.


¡Siempre serás nuestro coche azul!


domingo, 9 de abril de 2017

Casi 18000

Diecisiete mil novecientos noventa días.

Desde que nací.

Casi dieciocho mil.

Cuarenta y nueve años, tres meses y dos días.

Y da la impresión que la vida, simplemente, es una rueda que rueda y rueda sin parar.

Cuando mis padres tenían mi edad, yo tenía doce o trece años. Recuerdo su vida entonces. Recuerdo lo que sentían. Recuerdo su relación…

El destino hizo que cuando mis padres tenían cincuenta y cincuenta y un años (cincuenta mi madre y cincuenta y uno mi padre), yo tuve que salir de mi pueblo y de mi hogar a estudiar. Un día de primeros de octubre subí al camión de mi padre y en él me llevó a Cheste. Ese día todo terminó. Desde ese día  mis recuerdos familiares se reducen a unos días en Navidad, unos días en Semana Santa y el verano.

Por todo ello, hoy, estando cerca de la edad que tenían mis padres cuando emigré, vivo con nostalgia el recuerdo que tengo de cuando ellos tenían mi edad.

Dentro de poco, de muy poco tiempo, me quedaré sin su recuerdo de cuando ellos tenían mi edad. Sobrepasaré los 50 años de mi madre y los 51 de mi padre y me quedaré sin referencias de quienes eran ellos cuando tenían mi edad.

La sensación me produce cierto vértigo.

Hasta hoy mi vida la he ido comparando con la de mis padres. Su vida ha sido para mí una referencia. La menopausia de mi madre, sus ahogos,  sus depresiones puntuales, su desesperación, sus risas, su llanto, su dedicación a sus hijos, su trabajo en el negocio familiar…

Mi padre siempre fuera. Levantándose muy temprano. Llegando a casa y yéndose a dormir. Su no entender a mi madre. Su dedicación al trabajo para obtener recursos con los que pagar los estudios de sus hijos.

La vida ha sido esa rueda que rueda y rueda sin parar y va repitiendo la posición de sus radios como nosotros vamos repitiendo los actos.

Pero dentro de muy poco sobrepasaré la edad que ellos tenían cuando me fui y me quedaré sin su referencia.

Será una segunda metamorfosis. La primera hace 35 años con mi salida de casa para vivir a doscientos cincuenta kilómetros y estar solo. Esta segunda será por la pérdida de referencias aplicadas a mi vida actual.

¿Qué les pasó a mis padres? ¿Qué me pasará a mí? ¿Cómo devendrá el futuro?

Hoy, mi mujer y yo tenemos la misma edad que tenían mis padres cuando yo volé del nido. Comparo nuestra relación con mis recuerdos y encuentro paralelismos que me ayudan a decidir. Dentro de muy poco no tendré referencias.

Casi  dieciocho mil días vividos y tengo la sensación de que me faltan recuerdos, de que el destino me ha robado lo que era mío. La convivencia con mis padres, sentir sus emociones, sentir sus anhelos, sentir su preocupaciones, sentir sus alegrías…

Me siento huérfano de recuerdos.

Me siento huérfano.

El destino rueda. A la rueda del destino le toca apoyar los mismos radios que apoyó hace treinta y cinco años. Yo me quedo sin referencias, a ciegas, solo dependiendo de mí mismo, como ocurrió antaño.

Siento vértigo. No tengo referencias. Estoy perdido.