domingo, 17 de mayo de 2020

Belleza

Levanta la mirara.
Descubre la belleza.


La belleza nos rodea.

Está allí donde menos lo esperas.

Levantas la mirada y....

¡Voila! ¡Ahí está! Donde nunca hubieras imaginado.

Así somos también las personas.

Bellas según donde miremos.

A veces no levantamos la vista

Y nuestra mirada no se cruza con la frescura

De unos ojos bellos.

Como bella es la imagen de este árbol.

De mi Paraíso, que preside la entrada de mi casa.

Como bellos son los ojos azules que a diario me miran

Y que presiden la entrada a mi vida.

Belleza que hemos de disfrutar

Y que un solo gesto, levantar la mirada,

Nos la descubrirá para deleite de los sentidos.




jueves, 30 de abril de 2020

Confinados



El silencio es el ruido más fuerte,
quizá el más fuerte de todos los ruidos.
Miles Davis.


Otro día nublado. La temperatura es agradable. No da frío al salir de casa.

Las aves están despertando.

Cerca se oye el arrullo de una paloma. Los gorjeos de los gorriones, que están por doquier, inundan la calle. Revolotean por una vía desierta de tráfico y de personas.

Se respira paz.

A lo lejos se oye el zumbido de algún motor, lejano, extraño, fuera de lugar en este concierto aviar. Son las siete y media de la mañana y en circunstancias normales el sonido del tráfico debería ser ya atronador. Atronador y estridente. Estridente por romper el silencio de la ciudad, silencio que estoy descubriendo en estos días de confinamiento.

Recuerdo un artículo que leí sobre el que llamaba “efecto omega”, que hablaba de que algo que tenemos cotidianamente, en nuestras vidas a diario, no lo notamos, no somos conscientes de su existencia, solo  nos damos cuenta de su existencia cuando dejamos de tenerlo. Como el ruido de la ciudad. No somos conscientes de él, estamos acostumbrados a convivir con él. Incluso somos capaces de dormir con él. Pero desde hace más de cuarenta días ese ensordecedor ruido de fondo, pero imperceptible en nuestra vida cotidiana anterior, ha desaparecido y nos permite escuchar otros sonidos que antes no éramos conscientes de su existencia.

La sinfonía continúa: El arrullo de la paloma, el trinar de los pájaros, el graznido de una urraca, el gorjeo de los verdecillos...

Silencio. Paz. Naturaleza. Y esta sensación tan agradable de humedad en un nuevo amanecer nublado.

A esta hora no pasa nadie por la calle. No me cruzo con nadie al ir a tirar la basura. En pocos minutos empezarán a circular los coches de las pocas personas que ahora trabajan fuera de casa y que entran a las ocho, se oirá un pico de estruendo de los motores de sus coches, del autobús que baja por la avenida a las ocho menos cuarto. Pero a esta hora no se oye más que la naturaleza, esa con la que deberíamos fundirnos en comunión, en simbiosis, para que tanto ella como nosotros nos beneficiáramos, y no deberíamos tratarla como la tratamos, como nuestro huésped, el huésped de estos parásitos de la Tierra que parece que estamos resultando ser los humanos. ¿Será este virus la defensa de lo que algunos llaman Gaia?

Antes del confinamiento caminaba veinte minutos para ir al trabajo y veinte para volver a casa. Ahora solo camino los diez escasos que empleo en ir a tirar la basura, de casa a los contenedores y vuelta.

Cuando vuelva a casa me esperan siete horas sentado en casa teletrabajando. Son los tiempos del confinamiento por la pandemia. Medio mes de marzo marzo y abril completo confinados en casa, sin poder salir, sin poder pasear, sin poder nadar, sin poder correr… Los que nos gusta hacer deporte nos hemos tenido que inventar e improvisar circuitos caseros, como el que hago dos veces por semana, ciento veinte vueltas durante media hora para correr cinco kilómetros. Si no nos mata el virus nos va a matar el tedio y el colesterol.

Ahí va un coche, gira en la rotonda para ir al centro. Este ha madrugado.

Y la gente está ahí, en sus casas, confinados, agazapados, atrincherados, luchando contra el virus con la única arma que nos han proporcionado: escondernos de él. Se asoman furtivamente a las ventanas de sus casas a las ocho de la tarde para aplaudir a los sanitarios, o al menos esa es la excusa, porque, la impresión que se da es que se sale a ver a los vecinos de en frente, a observar sus bizarros chándales de deporte casero, a ver al que aplaude, a ver al que no lo hace, a murmurar cómo los que viven allá, en el piso aquel, no salen a la ventana y se asoman tímidamente por detrás de la cortina, cómo los de acullá parece que estén aplaudiendo como si acabasen de ver “La bohème”… Es el único acto social que nos ha quedado permitido.

¿Y las noches?

En las primeras horas de la noche los sonidos cambian. Cesan las aves y el relevo lo cogen los perros. Se oyen en la lejanía ladridos alternos. Ladra uno bronco. Contesta otro agudo. Replica un ladrido rápido de patas cortas. De fondo algún motor. Un maullido ocasional. El zumbido del transformador eléctrico que da servicio a mi calle, cuyo sonido he descubierto en este confinamiento del estruendo del mundo humano.

Y paz.

Paz al alba. Aún no ha salido el sol y ya vuelvo a casa después de dejar mis desperdicios en el punto de recogida.

Paz también cuando las luces del ocaso se apagan y las sombras inundan las calles iluminadas por las tenues farolas.

Pronto esto acabará y no podré disfrutar de estas sensaciones, pero durante el poco tiempo que las he tenido las he bebido a sorbos cortos, saboreando lentamente su extraña textura agridulce: sentir la paz por un lado y el miedo al contagio por otro.




sábado, 28 de marzo de 2020

Dieciocho años


Un año más.
Ya eres mayor de edad.


¡Felicidades!

¡Felicidades por tus dieciocho años!

Hoy es un día muy especial para ti y que recordarás el resto de tu vida. Hoy hace dieciocho años que naciste a la hora en la que la luna llena asomaba por el horizonte para saludarte y deleitarse mirando tu cara preciosa, tus rizos negros, tu pelo ensortijado, tu piel tan blanca…

Naciste siendo una preciosidad de bebé y hoy eres una preciosidad de mujer, pero para mí siempre serás mi niña, mi preciosa niña…

Me vienen tantos y tantos recuerdos de estos dieciocho años contigo…

Lo despierta que fuiste siempre, con seis meses todos los que te veían como ibas en tu carro pensaban que al menos tenías un año… Apartabas la ropa del cuco para mirar.

Siempre venías con nosotros. Si salíamos a cenar fuera tú venías con nosotros. Fuiste creciendo y te entretenías pintando mientras nosotros cenábamos, en todos los restaurantes nos daban un papel y pinturas para ti. Nunca protestabas, te entretenías con nada…

Me viene a la memora aquella Semana Santa que organizaste una procesión con tus muñecos en el salón de casa. Mi niña…

¿Y las cuatro de la mañana? ¿Qué tendrá esa hora de particular para ti? Durante tus cuatro primeros años todas las noches, a las cuatro de la madrugada “¡Papá leche!”. ¡Todas las noches! Tu madre y yo nos turnábamos para prepararte tu biberón con leche, yo conseguía aguantar hacerlo cuatro noches seguidas, pero la quinta necesitaba dormir…

Y fuiste creciendo. Siempre sonriente. Siempre preciosa. Siempre guapísima…

Tu gran corazón se refleja en tu mirada, en tus brillantes ojos negros. Brillantes como tú. Eres una estrella que luce con luz propia e ilumina a todos los que te rodean.

¿Y tu pelo? Viendo esos reflejos rubios nadie diría que tu pelo durante tus primeros años era negro, negro… Cuando se te iba aclarando de color nos preguntaban que si te echábamos algo en el pelo para que se te pusiera rubio…

Naciste un Jueves Santo de una Semana Santa especial. La procesión Camino del Calvario, la llamada de Las Turbas, tuvo que suspenderse en medio de la carrera. Un hecho histórico en Cuenca que provocó algún que otro incidente.

Hoy cumples dieciocho confinada en casa para evitar el contagio del llamado covid-19, un hecho que hace aún más peculiar este momento y que recordarás como algo singular en este día tan especial.

Dieciocho años te dan la mayoría de edad oficial, pero tú ya vienes siendo una persona responsable y comprometida desde tiempo ha.

Dieciocho años es un escalón más, ni más grande ni más pequeño que los que ya has subido y ni más grande ni más pequeño que los que te quedan por subir.

Recordarás siempre este periodo de tu vida y, si te pasa como a mí, sentirás siempre como en este periodo de tu vida.

Te quiero muchísimo y te deseo que un feliz día de cumpleaños.

¡Felicidades!



sábado, 14 de marzo de 2020

Delirio


La ficción a veces parece realidad.
La realidad a veces parece ficción.


Parece como si estuviese viendo una película…

Aun no sé si lo ocurrido entre ayer y hoy es real o lo he visto en un capítulo de una serie de Netflix.

Clases suspendidas por tiempo indefinido, la mitad de las tiendas del Centro Comercial cerradas, bares cerrados, negocios que no saben si mañana podrán abrir…

¡Todo por culpa de un bichejo microscópico!

¡Todo por culpa de un virus!

Aun no sé si esto que estoy viviendo es realidad o ficción.

Toda esta realidad se está mezclando en mi cabeza con recuerdos de películas de suspense o de terror cuyo nombre no acierto a recordar.

Se está mezclando con capítulos de “Ensayo sobre la ceguera” de mi admirado Saramago.

Se está mezclando con historias bíblicas de plagas, de lepra, de éxodos…

Noto que todo se mezcla en mi cabeza. Noto que todo da vueltas en mis sesos.

¿Pero es real?

¿Es real o lo que estoy viendo y viviendo es parte de una película en la que me he metido tanto que parece que soy uno de los protagonistas?

Todo está ocurriendo a velocidad de cinemascope, a veinticuatro fotogramas por segundo, donde cada fotograma que veo en la pantalla de mis párpados cerrados refleja una visión de esos recuerdos que mi mente está confundiendo y mezclando, igual que el barman de aquella noche mezcló los ingredientes de aquel coctel sabor a piña con nombre sugerente que no acierto a recordar.

El coctel me encantó.

La realidad de hoy me asusta.

El virus puede que me esté matando.

Recomiendan no salir de casa. Puede que mañana no lo recomienden, si no que directamente lo prohíban.

Recomiendan no acercarse a nadie. Recomiendan confinar a los niños en casa y no sacarlos al parque. Recomiendan no tocar a nadie y mantener una distancia de seguridad de un metro en caso de que necesites hablar con alguien.

Recomiendan…

Recomiendan elegir vivir y no morir en una camilla aparcada en un polideportivo en el que se ha improvisado una sala de cuidados intensivos.

Uf…

Me da vueltas todo a pesar de que mis ojos permanecen cerrados, pero el cinemascope sigue funcionando, oigo el zumbido de la máquina proyectora dentro de mi cabeza, el mismo zumbido de aquella máquina que en el bar el “El Pólvora” proyectaba una del oeste sobre una sábana blanca en un bar en el que se había improvisado un cine.

Pero lo que hoy se está improvisando no son cines en bares, sino hospitales en polideportivos y en hoteles para mal atender a aquellos desgraciados infectados por este maldito Covid-19 que amenaza con diezmar la población que peina canas y pasea nietos.

Este maldito Covid-19 que dejará sin trabajo y tal vez sin sustento a familias y familias, que pasarán a depender de la limosna del estado, de ese estado que hoy quizás no esté tomando las medidas más acertadas para contener esta amenaza. O quizás sí.

Este maldito Covid-19 que deja sin colegio, sin instituto, sin universidad al futuro de nuestra sociedad.

Una sociedad seguidista y analfabeta políticamente hablando que no dice lo que realmente piensa sobre las decisiones de nuestros gobernantes, sino que replica cuan papagayo o loro ecuatoriano lo que manifiestan aquellos políticos que lograron engatusarles para que los votasen en las últimas elecciones.

“Quizás sea necesario este tamiz que nos llega.”

¿Quién ha dicho eso?

Uf… ¡Ya oigo voces en mi cabeza…! ¿Un tamiz? ¿Para eliminar gente?

Me explota la cabeza. La maldita máquina de cinemascope y los gritos de esos indios proyectados en la sábana me están provocando un dolor de cabeza terrible… Y este humo… ¿Por qué fumarán tanto? No puedo respirar, me duele el pecho, no paro de toser… ¡Y que frío! Deben haber abierto una ventana para ventilar…

¿Quién me llama? ¿Quién ha encendido la luz? ¿Qué pasa? ¿Por qué me muevo? ¿Me zarandean? ¿Quién eres tú? ¿Qué llevas en la cara? ¿Por qué vas tapado? ¿Dónde estoy?




domingo, 9 de febrero de 2020

Sábado sabadete


Nos adaptamos
por qué no hay más remedio.



¿Comunicación?

Son las 0:50. Un sábado noche. O domingo de madrugada.

Ella está en su sillón, con su móvil. Yo en el mío con el mío.

¿Qué estará viendo?

Sábado noche.

Sábado sabadete…

… Camisa limpia y polvete.

¿Polvete?

Sábado sabadete…

Tres veces le he dicho: “¿Cómo va?”

Las tres veces la misma respuesta: Un gruñido que no sé muy bien qué significa.

Y yo sigo aquí, en mi sillón. No sé por qué no me acerco a ella.

Sábado sabadete…

Recuerdo que hace años el deseo de follar o de simplemente tocar unas tetas era lo que movía mi mundo.

¿Dónde estarán esos deseos? No recuerdo cuando se me escabulleron...

Sábado sabadete…

Cuánto ha cambiado mi mundo desde entonces…. Aunque yo sienta que todo ocurrió ayer…

Hoy ella está en su sillón. Se ha fumado un cigarro, ha vuelto, ha cogido su móvil y veo como cómo su dedo pulsa una y otra vez la pantalla...

Yo estoy en mi sillón. Con una cerveza al lado, mi móvil última generación y mirando de reojo lo que ella hace.

Sábado…

Nos separan poco más de tres metros de distancia, pero no podría cuantificar lo que en realidad nos separa. Es obvio que nos separan mucho más que tres metros.

Yo he entrado en un chat buscando eso que perdí no recuerdo cuando.

Ella no sé qué busca.

Sábado sabadete…

… Camisa limpia y…

Se levanta. Me da un beso. Me dice: “Voy a fumarme otro cigarrete y me voy a acostar.”

... Polvete.

Sábado sabadete…

¿Cómo hemos llegado aquí?

¿Qué ha ocurrido?

¿Por qué?

Sábado sabadete…

Busco música que convierta en canción este desamor, pero no estudié solfeo.

Nunca pude imaginar sentir esta soledad teniendo todo lo que se puede desear.





viernes, 17 de enero de 2020

Buscando la luz

Te necesito.
Nuestro tiempo.


Amor mío, di qué ves si me miras a los ojos. ¿Una luz que se apagó como dos faroles rotos?

¿Cómo quieres que me aclare? Si aún soy demasiado joven para entender lo que siento... Pero no para jurarle al mismísimo angel negro que si rompe la distancia que ahora mismo nos separa volveré para adorarle, le daría hasta mi alma si trajera tu presencia a esta noche que no acaba.

El deseo de vivir es lo que me está matando. La memoria de lo que fui, como plomo en mis zapatos.

Te necesito como a la luz del sol en este invierno frío para darme tu calor.

Y hay un tiempo para creer, tiempo para buscar.

Hay un tiempo para olvidar todo lo que pudo ser y nunca será.

Las canciones que escuché y los labios que he besado. Todo aquello en lo que confié tiene los días contados.

¿Cómo quieres que te olvide si tu nombre está en el aire y sopla entre mis recuerdos?

Sí, ya sé que no eres libre. Sí, ya sé que yo no debo retenerte en mi memoria.

Así es como yo contemplo mi tormenta de tormento.

Así es como yo te quiero.

Y hay un tiempo para existir, en el tiempo que te han dado. Para dejar atrás los fantasmas del pasado.

Te necesito como a la luz del sol. Son tus ojos el abismo donde muere mi razón.

¿Cómo quieres que me aclare? ¿Cómo quieres que te olvide?

Es nuestro tiempo.

Es nuestro tiempo tan extraño y violento…

Parece que es el fin y solo es el comienzo.

Y una vez tras otra vuelvo a escuchar a Amaral. “Nuestro Tiempo”. “Te Necesito”.




lunes, 6 de enero de 2020

Enero siempre es imitado


Jugando con el calendario
se descubren curiosidades.


Enero de 2020. Lejano año al que, de niño, me parecía una quimera llegar.

Y ha llegado.

Es curioso este año.

Octubre siempre repite a enero. Sus treinta y un  días, del primero al último, copian los días de la semana de enero.

Pero no ocurre siempre.

Los años bisiestos, como éste, recuerdan que nada es siempre igual, que cada cierto tiempo es necesario cambiar.

Cambiar para, en ocasiones, volver al origen.

Cambiar para, a veces, no volver la vista atrás.

Cambiar…

Y cada cuatro años enero le es infiel a octubre y se deja duplicar por julio.

Julio, los años bisiestos, exhibe sus números copiando a enero y, durante sus treinta y un días duplica los mismo lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos que el mes líder, el número uno, presentó en sociedad. Julio sigue al líder.

Julio, cada cuatro años, recuerda que los opuestos se atraen. Copia a enero sus días de la semana y sube la temperatura recordando que los fríos días de mi invernal enero pueden convertirse en tórridos días veraniegos azotados por olas de calor sahariano.

Este 2020 viene cargado de singularidades.

Es un año bisiesto. Ocurre cada cuatro años.

Año con cifra repetida. Singularidad que sucede cada ciento un años: 1818, 1919, 2020, 2121…

Año bisiesto con cifra repetida. Solo acontece cada cuatrocientos cuatro años. Lo fue el 1616 y lo será el 2424.

Me gusta jugar con los números…

Los que nacimos en 1968 tenemos una singularidad más. Cumplimos cincuenta y dos años en año bisiesto. Los bisiestos son cada cuatro años y cincuenta y dos es cuatro veces trece. Aquellos que sean supersticiosos este año los serán cuatro veces más.

Mis quintos de Villarejo de Fuentes este año vivirán su decimotercer veintinueve de febrero. Yo, por ser el único villarejeño que nací en invierno de 1968, viviré mi decimocuarto día veintinueve de febrero. Les llevo uno de ventaja.

No dejo de ser una singularidad entre mis compañeros de EGB, entre mis quintos, el único que nació en invierno. ¿Una anomalía entre la normalidad?

Este 2020 viviré una anomalía más que solo se da cada cuatrocientos cuatro años y para el día de San Fermín celebraré mis cincuenta y dos años y medio en un martes día siete de un mes con treinta y un días, gemelo de enero, de un año bisiesto con cifra repetida.

¿Qué cambios me ofrecerá este año singular?