viernes, 8 de abril de 2016

La firma

Tu firma te representa en documentos escritos.
¿Es sincera tu firma?


¡Qué cara me ha puesto!

¡Y la vergüenza que me ha dado!

He de controlar mejor mis reacciones…

La verdad es que me ha parecido curiosa su firma. ¡Curiosa por decir algo! Ver a un señor de unos cincuenta años firmar con su nombre y una simple rúbrica me ha parecido raro y, digamos, gracioso.

¡Si parecía la firma de un niño de cinco años!

Y no he podido reprimir mi comentario. “Firmar en el aparato éste de digitalización es difícil, fíjese en que firma le ha salido. ¡Si parece la firma de mi hijo que tiene cinco años! ¿Quiere cambiarla?”

¡Cómo me ha clavado los ojos! Mi sonrisa se ha congelado. Se ha convertido en una mueca grotesca. ¡Esos ojos negros clavados en los míos, ese gesto serio…!

Y me ha dicho: “Prefiero ser un niño de cinco años y tener la ilusión de los cinco años, a esconderme detrás de una imagen artificial que intente esconder lo que no se puede ni siquiera disimular. La firma representa a la persona. Yo estoy orgulloso de ser quien soy, de ser como soy y de cómo me llamo. Mi vida es como mi firma: soy como aparento y no aparento lo que no soy. ¿Usted también puede decir lo mismo?”.

Me he quedado en blanco. La grotesca mueca dibujada en mi cara. He apartado la mirada para no sentir la suya en el centro de mi cerebro, como si supiera que en ese momento estaba sintiéndome la persona más ridícula del mundo. He mirado a la pantalla del ordenador, donde estaba la firma, y en ella he vuelto a ver el trazo de un niño: fresco, sincero, abierto, transparente…

He vuelto mi mirada a su cara. Su gesto no había cambiado. Sus ojos seguían clavados en los míos. Esperando una respuesta a su pregunta: “¿Usted puede decir lo mismo?”.

Mi conciencia en ese momento me ha contestado: “¡No, no puedes decir lo mismo!”.

Simplemente le he contestado: “Disculpe, no siempre se ve una firma como la suya, estoy acostumbrada a verlas diferentes. A todos los clientes les hago la misma pregunta ¿Está conforme entonces?”.

Él simplemente ha asentido. Le he dado a aceptar y le he dicho que el proceso de digitalización de firma estaba finalizado y que si deseaba hacer otra gestión. Simplemente me ha contestado “Nada más, señorita” y se ha levantado y se ha marchado.

Cuando se iba ha vuelto la cabeza y me ha mirado. En su gesto me ha parecido ver la cara de un niño. Un niño grande, feliz, ilusionado, divertido… He visto mi firma junto a la suya en el documento que me ha devuelto la impresora. Me he sentido mayor. Me he sentido artificial. He recordado la de veces que ensayé mi firma para hacerla sofisticada… ¡Y él simplemente pone su nombre y lo rubrica!

He sentido envida.

jueves, 18 de febrero de 2016

El árbol protector

La naturaleza nos enseña en segundos
lo que no veríamos en años



Ha empezado a nevar con más fuerza. Lo que hace unos minutos era poco más que agua nieve, ahora son copos como jirones de algodón.

Ahora sí que va cuajando en el suelo. Antes sólo había blanqueado un poco los tejados. Estaba haciendo con ellos lo que la edad con mi pelo: pintando  manchas blancas.

Los tejados ahora sí que se están poniendo totalmente blancos. Mi pelo, en pocos años, también se pondrá. Los años al pelo de las personas son lo que los minutos a los tejados cuando nieva. Solo que cuando sale el sol los tejados vuelven a lucir su color de juventud y a nosotros el color de la juventud sólo podemos verlo en las fotos. Fotos borrosas si las comparamos con las que ahora hacemos con los móviles, como si el tiempo hiciera con ellas lo que con nuestra memoria, emborronarla para no distinguir los detalles de lo que fue.

La nieve va cubriendo todo.

Al árbol de enfrente  parece que no le afecta… Sus hojas siguen verdes, la nieve se derrite en él, no cuaja y no oculta su lozano verdor. ¿Será que aun no hace suficiente frío?

Su copa se proyecta en el césped. Es como una sombra protectora.

Es un árbol protector. Todo él se une para protegerse: sus hojas, sus ramas, sus raíces… Es como la familia cuando se vive bajo el mismo techo. Los padres protegemos a los hijos del frio del exterior y no dejamos que les hielen el corazón. Derretimos la nieve con nuestras acciones, como ese árbol derrite la nieve con sus hojas. Hojas cálidas como el recuerdo del que era mi hogar cuando aún vivía con mis padres.

Entonces estaba en mi árbol protector. Me orientaban. Me corregían. Me aconsejaban. Decidían muchas cosas por mí. No tenía nada por lo que preocuparme, salvo por no infringir las normas impuestas. Infringirlas significaba castigo, a veces un zapatillazo, a veces sentarse largos minutos en una silla… Pero recuerdo el calor, calor emocional, seguridad, protección… ¡Mi árbol protector!

Hoy soy yo quien mantiene un árbol protector. Soy yo quien lo riega, quien lo abona, quien lo poda, quien lo cuida… Soy yo quien debe decidir, quien debe orientar, quien debe aconsejar, quien debe guiar, quien debe educar… El que hoy es mi árbol protector no está criado para protegerme a mí, si no a mis hijos, mis retoños, mis brotes nuevos cuyos genes son míos en su mitad.

Mi hogar, hoy, es ese árbol al que la nieve no puede no puede cubrir. No puede cubrir ni siquiera el césped que lo rodea. Es un árbol fuerte, seguro, cálido. He de cuidarlo bien. Otros árboles a su alrededor ya están cubiertos de nieve. No son tan cálidos, no son tan fuertes…


Este árbol me está indicando cual es mi misión en estos próximos años: Mantenerme fuerte frente a las inclemencias diarias, ante el viento, ante la nieve, ante el frío, ante el sol abrasador… Meteoros que día tras día amenazan a mi hogar, a mis retoños y al sentido de mi propia vida.



lunes, 14 de diciembre de 2015

Carta a los Reyes Magos y a Papá Noel

Queridos Reyes Magos y Papá Noel:

Este año me he retrasado y he hecho mi carta para vosotros un poco tarde. Por eso he decidido enviárosla electrónicamente para que podáis leerla cuanto antes.

Sé que revisáis lo que escribimos en las redes sociales y que no perdéis detalle. Sé que revisáis las historias que publicamos en los blogs personales.

Por eso sé que leeréis esta carta. Y sé que la leeréis porque este relato puede ser la historia de uno de vosotros. O la historia de los cuatro. O puede ser la historia de muchas personas… Y puede que ya lo hayáis leído en otras muchas cartas que os han llegado en papel, en el formato tradicional, cartas escritas desde la esperanza. También es posible que lo hayáis oído en las oraciones que muchos fieles, de todas las religiones, invocan a sus santos o a su dios o dioses. Porque sé que las escucháis y también ayudáis a que se hagan realidad.

Cuando aún tenía la inocencia de la niñez, mis cartas, que tendréis guardadas, os pedían juguetes. No muchos, la verdad, prefería poner sólo uno o dos para evitar que eligierais vosotros de entre la lista, porque, como ya sabéis no me traíais todo lo  que pedía, sino un solo regalo. Así, no poniendo una larga lista de regalos era yo quien elegía y no vosotros.

Mi petición de entonces tenía en el fondo, aunque yo no lo sabía aún, el mismo deseo que la carta que os escribo hoy: ser feliz.

Entonces, en mi niñez, la felicidad me la daba un juguete nuevo. Un juguete deseado. Un juguete visto mil veces en la televisión, y como por aquel entonces sólo teníamos una cadena nos veíamos todos, todos los anuncios de juguetes. ¡Todos! Como no se podía cambiar de canal…

Y la felicidad de ese juguete era para todo el año. Jugaba y jugaba con él, hasta que, del uso, perdía su color, alguna pieza, le aparecían roces… ¡Pero disfrutaba con él!

Mi petición de este año, como ya he anticipado y como conoceréis por mis oraciones, está relacionada con la felicidad, con vivir la vida sin pena, con vivirla con alegría, con ¡vivir!

Por eso os pido dos cosas. La primera es que limpiéis de mi mente las preocupaciones que me acosan. Que limpiéis de mi mente los fantasmas que algunas noches no me dejan dormir. Que limpiéis de mi vida esa densa niebla de la pena, que aparece algunas veces, provocada por minucias y que me hiela hasta los huesos.

Y la otra cosa que os pido es que pongáis luz, que pongáis calor, que pongáis color, que pongáis amor, que pongáis amistad, que pongáis complicidad familiar…

Y prometo dejar de usar los regalos, desagradables regalos, que sin pedirlos, otros me han traído con demasiada frecuencia en los últimos tiempos y que han emponzoñado mi mente, mi vida, mi suerte… Dejaré de usarlos para que el tiempo, el inexorable paso del tiempo,  acabe con ellos.

Os pido que este año no elijáis un solo regalo. Os pido que me traigáis las dos cosas que pido. Como sois dos equipos podéis traerme uno Papá Noel y otro los Reyes Magos. ¿Qué os parece?

Yo cumpliré mi promesa y dejaré que los regalos desagradables que me llegaron se hagan viejos, se rompan y, si es posible, jugar con sus restos como jugaba en mi infancia con los juguetes rotos, juguetes que muchos se rompían por ser regalos de mala calidad, pero que una vez rotos servían para disfrutar. Seguro que esos desagradables regalos, una vez rotos no son tan feos.


Pero eso sí: ¡No olvidéis nada, por favor!

sábado, 21 de noviembre de 2015

Universos paralelos

Intuiciones… Presagios… Corazonadas…
¿Alguna vez te has preguntado que hubiese pasado si…?



Sería una explicación.

Si cuando decidimos algo, en ese momento generamos al menos dos líneas temporales… Sería una explicación.

Si cuando algo está a punto de ocurrirnos pero no nos ocurre… ¡También ocurre! Sería la explicación.

Al menos eso es lo que formulo Hugh Everett allá por 1957.

Explicaría muchas cosas.

Explicaría por qué algunas personas que han estado a punto de morir tienen recuerdos de haber muerto. Esos recuerdos, traumáticos recuerdos, por alguna razón, en algunas personas, quedan entrelazados cuánticamente, entre esta línea de tiempo, este universo, y la otra, en la que de verdad morimos, un universo paralelo. Simplemente accedemos a los últimos recuerdos del yo que murió.

Hugh Everett defendía que en cada decisión se generaban tantos universos paralelos como decisiones posibles, desconectados entre sí. Pero, ¿y si en alguno de los desdoblamientos se generase un entrelazamiento cuántico?

En la Universidad de Delft, Países Bajos, se ha realizado un estudio demostrando que se pueden entrelazar dos electrones y mantener el entrelazamiento ¡a una distancia de 1,3 Km! Según dicen, se puede interactuar, de forma instantánea, sobre el electrón A, previamente entrelazado con el B, separados más de un kilómetro, simplemente interactuando con el electrón B.

Si Hugh Everett tuviera razón…

Si en cada encrucijada de mi vida, hubiese tomado la decisión que hubiese tomado, también hubiese tomado la contraria… ¡Sería fascinante!

Si existiesen universos paralelos en los que fuese lo que soñaba ser de pequeño… ¿Con quién viviré en cada uno de esos universos? ¿Seré feliz en ellos?

¿Cómo habrá evolucionado la raza humana en cada universo? ¿Enfermedades incurables ya tendrán cura? ¿Habrá universos en los que la guerra no exista?

¿Habremos contactado con otras civilizaciones? ¿Cuántos universos habremos destruido?

Si existiesen…

Asuntos como la intuición, como los presentimientos, tendrían su explicación en el entrelazado cuántico que nuestra mente mantendría con nuestros yoes de otros universos.

Nuestra capacidad de imaginar qué ocurriría mañana, si tomásemos una u otra decisión, se derivaría de la capacidad de nuestras neuronas de entrelazarse cuánticamente con las de nuestros otros yos que viven en universos paralelos. Lo explicaría.

Y a la pregunta de “¿Qué hubiese pasado si mi decisión hubiese sido otra?” ya tengo la respuesta: Han pasado todas las cosas que podrían pasar. ¡Todas! Sólo que yo sólo soy consciente de lo que ocurre en el universo desde donde escribo. ¡Fascinante!

Entonces… ¿para qué preocuparse por qué decisión tomar? ¡Si voy a tomar todas! Viviré todas las posibilidades, pero seré consciente sólo de una… Por el momento de sólo una…

Me imagino otros universos paralelos. En unos estoy. En otros no. He pasado por momentos en los que la línea entre la vida y la no vida se difuminó demasiado, aunque la última decisión, que generó este universo, me mantuvo vivo y lejos de la nada… ¡En este universo!

La lástima es que no mantengo entrelaces cuánticos con yoes de otros universos. ¡Al menos conscientemente!

¿Podría saltar de un universo a otro? Si soy el mismo… ¿Por qué no? Y si no puedo saltar… ¿Podría contactar? ¿O ya contacto y no soy consciente de ello?


Entrelaces cuánticos… Universos paralelos… Yos que soy yo… Yoes intentando contactar conmigo... ¡Fascinante!

martes, 27 de octubre de 2015

CU 3511 B

El tiempo pasa de forma inexorable
y hace que recorramos las sendas que antes pisaron nuestros padres.
Miramos en el pasado y nos reflejamos
en el espejo desgastado de hace casi cuarenta años.



Cómo se notan los días. Son las siete y aún es de noche. Si no estuviera lloviendo se vería alguna claridad. Pero con las nubes la mañana está más oscura.

Es bueno que llueva ahora. El otoño está siendo muy seco y tenemos que sembrar. Lo malo es que como está lloviendo no se va a ir el humo, no corre el aire.

Si pudiese sacar el camión a la plaza… Pero este modelo, con el bloqueo hidráulico, hasta que no se carguen los calderines no hay quien lo mueva.

¡En fin! Son cinco minutos… Y con las portadas y la puerta del corral abiertas algún humo se irá.

No quiero acelerar, si acelero voy a despertarlos y ésta aun puede dormir un rato más. Los chicos hasta las nueve y media no se levantan y la chica con levantarse a las ocho y media puede ayudar de sobra.

¡Es una mujer! A ver si el novio encuentra trabajo y se casan. Si quisiera aprender con el camión… Se lo tengo que decir, a ver qué piensa.

El mayor es ya un hombre. ¡Dieciséis años! Yo con su edad… A ver si este año mejora las notas y no pierde la beca. Si la chica se casa el desembolso es muy alto. ¡Y el colegio menor es una sangría!

Y los pequeños… ¡Dios dirá! Con siete y nueve años poco se les puede pedir. Los dos son aplicados. Uno ya en cuarto y el pequeño en tercero y debería estar en segundo. ¡Pero es listo y pilla todo al vuelo! Cuando les toque estudiar fuera se hará el esfuerzo.

Cinco kilos de presión. A los cinco y medio se desbloquea. Hoy a Alameda de la Sagra, a por rasillas. Si se da bien puedo volver a comer. ¡Eso si no están pesando! Si están pesando toca comer en Tarancón, si me pillan con dos mil kilos más me inmovilizan el camión…


¡Cinco y medio! ¡Vámonos!

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Diario de Ahmad

Cuando alguien abandona su tierra
intenta llevarse sus raíces.



Diario de Ahmad. 23 de septiembre de 2015.


Anoche llegamos a Sid. Sería media noche. Hemos dormido en el autobús que nos trajo. Seguimos en Servia. Espero que hoy crucemos a Croacia. Aún es de noche. Como todas las mañanas, he mirado las noticias sobre Siria.

Parece que por fin Rusia va a ayudar a Asad para luchar contra los islamistas.

La guerra no terminará tan fácilmente. Los islamistas y los traficantes no dejarán que les arrebaten el petróleo.

El petróleo es la clave.

Antes de la guerra el barril llegó a estar a más de 120 dólares. Hoy a menos de la mitad.

Esta guerra no acabará tan fácilmente.

Hay mucha gente que se está beneficiando. El contrabando de petróleo, el de armas, el de mujeres… Incluso el de niños esclavos.

Hasta los europeos, sin darse cuenta, se están beneficiando. Seguro que su gasolina cuesta la mitad que antes de nuestra guerra. El petróleo del mercado negro ha bajado los precios de la gasolina que usan.

Estoy convencido de que los habitantes de estos países no son conscientes del sufrimiento de las gentes de mi país. No saben por qué llenar el depósito de su coche cuesta la mitad. No saben…

Pero sus dirigentes seguro que sí. No pueden ser tan tontos que no sepan qué está ocurriendo.

¿Y los periodistas? No se atreven a contar la verdad. ¿Por qué?


Empieza a amanecer. El cielo se va iluminando por el este. He de rezar el Fayr. No he de perder mis costumbres. Será lo único que me quede de mi vida en mi Siria querida.

lunes, 3 de agosto de 2015

Abriendo nuevos caminos

Cuando el camino se cierra,
hay que abrir nuevos caminos.


Falta la bolsa de aseo. Creo que ya tengo ropa necesaria para la primera semana. ¿Para qué más? Allí ya compraré lo que necesite, no tiene sentido ir cargado. Si fuera para quince días… ¡Pero serán dos años! O más.

Mañana he de afeitarme, así que la bolsa de aseo la echaré mañana. He puesto todo: desodorante, maquinillas, jabón, brocha, masaje, peine, colonia, cepillo de dientes, pasta… Creo que no falta nada.
Allí ahora es como aquí en febrero. Me llevo siete yerseis, uno por día.

¿Me pasará esta noche igual que al de “El camino”? Ese libro me lo recomendó mi mujer cuando hicimos el parque eólico de Monzón de Campos. Dormíamos en Palencia. Ella lo había leído en el instituto. Yo era la primera vez que salía para tanto tiempo. Venía a casa todos los fines de semana. 

Me perdí ver crecer a Juan.

Creo que ya me está pasando… Estoy recordando como el del libro. Pero esta vez es distinto. Desde Chile no se puede venir todos los fines de semana.

Dejo aquí mi vida. Dejo mi familia. Llanos no ha pasado el primer corte de los maestros, pero era la primera vez que se presentaba. Es fuerte. Sé que lo conseguirá. Si no me voy ella tendrá que coger el primer trabajo que le llegue, estamos al límite. El del banco ya me llamó ayer: “Debes tres meses, paga antes del cuarto o la cosa se complicará”.

Juan empieza el bachiller, en dos años la carrera. Si no me voy… ¿Podría estudiar medicina? Tiene la ilusión de ser médico y su padre va a hacer todo lo posible por que lo sea.

Al fin y al cabo voy a llevar la vida de mi mujer cuando estudiaba. Estando en la laboral de Cáceres sólo podía venir en Navidad, Semana Santa y verano. Yo vendré también cada tres meses. ¿Ella lo soportará?

Hablaremos por internet todos los días. Pero el cariño lo da el roce. Dos años es mucho tiempo. ¿Qué ocurrirá dentro de dos años?

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”

Quedarme aquí es consumirme viendo como las deudas nos comen. Irme es salvar el mundo de mis hijos aunque sea a costa de cambiar radicalmente la relación con ella. Es un salto a vacio para los dos. Pero debemos tener fuerza y confianza el uno en el otro.

Poco voy a dormir yo esta noche…

Hemos de salir a las 7, el vuelo sale a las 12 y hay que estar dos horas antes. Después 14 horas en el avión. Cuando lleguemos allí será ya de noche, sobre las ocho de la noche. Aquí las cuatro de la mañana.

Mi primera vuelta en Navidad. ¡A casa por Navidad! Aun no me he ido y ya quiero volver.


¿Qué me encontraré cuando vuelva dentro de dos años?