miércoles, 13 de febrero de 2019

Febrero de 1989.


Cuando una historia comienza con ilusión,
la ilusión alimenta la historia.



Recuerdo tener una idea de lo que buscaba, pero no tener pensado nada en concreto.

Recuerdo ir mirando los escaparates de las joyerías que encontraba camino de la calle Mayor.

Recuerdo quedarme parado delante de la joyería de la calle Tinte, después de haber recorrido la calle Talamanca.

Recuerdo escrutar los colgantes expuestos, uno a uno, sin prisa.

Recuerdo que mis ojos quedaron prendados de uno de ellos, un pequeño librito, chapado en oro, que dentro tenía un corazón.

Recuerdo pasar a verlo más de cerca y preguntar para saber si estaba dentro de mi presupuesto.

Recuerdo que me lo llevé.

Recuerdo que ese fin de semana descubrí que mi tesoro era una delicada flor de pupilas azules a cuya piel, casi transparente, solo le convenían los metales preciosos.

Recuerdo preguntar, con cara de “dime que sí por favor”, si te lo podrías poner.

Recuerdo tu cara de “no hay problema” cuando me contestaste que si lo llevabas un rato, solo cuando estuvieras conmigo, no pasaría nada, y que alguna vez tenías que llevarlo más tiempo te pondrías un jersey con cuello alto para que no te rozase la piel.

Recuerdo verte radiante con él.

Recuerdos…

Recuerdos de hace treinta años.

Yo entonces tenía veintiuno y era el primer regalo que le compraba a una chica. A mi chica.

Tenía muy claro que eras la chica con la que quería compartir mi vida. Estaba totalmente seguro, me lo susurraba mi corazón y lo corroboraban las mariposas que, sábado tras sábado, me acompañaban, en el tren que de Alcalá de Henares me llevaba a Cuenca, rozando con sus alas mis sentimientos más profundos.

Recuerdo pensar que en ese pequeño librito de amor empezaríamos a escribir nuestra historia.

Recuerdo que fue el sábado de la semana de San Valentín cuando te di mi regalo.

Recuerdo quererte tanto…

Tanto, tanto, tanto ya entonces te quería, que esos sentimientos siguen, treinta años después, tan presentes como antaño, con la misma intensidad...

Noto la presencia de mi amor por ti a cada instante. Treinta años juntos es toda una vida acompañándonos.

Treinta años de recuerdos que empezamos a escribir en aquel colgante chapado en oro, aquel  pequeño librito con un corazón en su interior, que te regalé en febrero de mil novecientos ochenta y nueve…




miércoles, 30 de enero de 2019

Cómo me veo. Cómo me ven.


¿Quién somos realmente?
¿Somos como nos sentimos o somos como nos ven?



“¡Bien Bea! ¡Estas hecha una Maradona!”

¿Sabrá Bea quien fue Maradona?

Por la cara que le ha puesto a su tío creo que no. Más bien sabe quién es hoy Maradona…

Para Pepe, decirle a Bea que es una Maradona es uno de los mayores cumplidos que le puede hacer, Bea es una excelente futbolista. Pero está claro que Bea no identifica “estás hecha una Maradona” con un cumplido.

Con sus trece años seguro que se identifica con Torres o con Griezmann, los ídolos de su equipo. Seguro estoy que conoce la alineación de cada partido de su Atlético de Madrid y que las recordará durante mucho, mucho tiempo.

Pepe, con sus cincuenta años, recordará, con toda seguridad, las alineaciones del Barça de cuando él tenía la edad de Bea. De cuando Maradona era el mejor jugador de su Barça y de España. Seguro que recita, si dudar ni un solo jugador, la alineación del partido en el que Maradona fue ovacionado en el Bernabéu en junio de mil novecientos ochenta y tres.

Pepe sigue sintiendo ser aquel niño que idolatraba a sus héroes futbolísticos. Sus recuerdos siguen anclados en la que fue su etapa preadolescente y, seguro estoy de ello, se ve a sí mismo como aquel niño de ilusiones infinitas.

¿Cómo vemos los demás a Pepe? ¿Cómo lo ven sus amigos?

¿Cómo lo habrán visto sus quintos en la celebración que hicieron el verano pasado en su pueblo?

Me contó que, después de cenar y de haber tomado un par de copas, se sentó a observar un rato como los demás se relacionaban entre sí. Algunos llevaban años, incluso decenios, sin verse. Se sorprendió de ver a sus cincuentones amigos interactuando como cuando aún no tenían veinte años, cuando aún eran aquellos posadolescentes que cortejaban a las chicas que deseaban, hoy mujeres. Se sorprendió de ver de nuevo aquellos ademanes de conquista por parte de ellos y aquellas miradas picaronas de ellas hacia ellos.

Me contó que recordaba las conversaciones de ese día con sus congéneres como si el tiempo no hubiese pasado en los últimos treinta o treinta y cinco años. Que poco a poco fueron surgiendo los lazos de amistad que tenían cuando gozaban de esos quince o veinte años. Y que también aparecieron las rencillas, los deseos, los amores… que entre ellos y ellas surgieron en aquella etapa en la que se estaban formando como personas adultas.

Hoy Pepe anima a Bea comparándola con Maradona.

Quizás todos nos sentimos muy cerca de quienes fuimos cuanto teníamos entre quince y veinte años.

Los demás nos ven como aparentamos ser hoy.

¿Quién somos realmente? ¿Somos como nos sentimos o somos como nos ven?

Ahí va de nuevo Bea… ¡Qué bien juega!


domingo, 16 de diciembre de 2018

Apolo 8: La salida de la Tierra.


Nada es imposible
Todo lo que imaginas se puede realizar.



¡Ahí está otra vez…!

Es la quinta vez que aparece y nada puede ser tan hermoso.

¡Azul!

Que pequeña se ve desde aquí…¡ Y que hermosa!

He tenido el honor de transmitir para todo mi país, para toda la Tierra, justo en el momento que la veíamos salir por cuarta vez, los primeros diez versos del Génesis, en esta noche de Noche Buena, en esta noche de regeneración, en esta noche de mil novecientos sesenta y ocho en la que celebramos el nacimiento de Nuestro Señor.

Tengo grabados los versos en mi memoria. Los tendré para toda mi vida…

Poder recitarlos mientras veía aparecer mi Tierra, mi mundo, mi hogar... ¡He llorado en silencio mientras los recitaba!

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.

Y llamó Dios a la luz día, y a las tinieblas llamó noche. Y fue la mañana y las tarde y la mañana un día.

Luego dijo Dios: Haya un firmamento entre las aguas, y que divida unas aguas de otras.

Y Dios hizo el firmamento, y dividió las aguas de debajo del firmamento, de las aguas que estaban sobre el firmamento. Y fue así.

Y llamó Dios al firmamento cielo. Fue la mañana y la tarde del día segundo.

Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.

Y llamó Dios a lo seco tierra, y a la reunión de las aguas la llamó mares. Y vio Dios que era bueno.

Y por parte de la tripulación del Apolo 8 terminamos diciendo: Buenas noches, buena suerte, Feliz Navidad y que Dios los bendiga a todos ustedes en la buena Tierra.”

Y aquí estoy... En esta misión que orbitará la Luna diez veces, viendo cada dos horas como la Tierra amanece sobre la superficie lunar. Daremos diez vueltas, veremos diez amaneceres…

No puedo imaginar nada más hermoso, ver esa canica azul emerger poco a poco de esta superficie gris lunar… ¡Que hermoso!

Doy gracias a Dios por estar aquí. Por dejar que yo sea una de las tres personas de esta tripulación, una de las tres primeras personas que orbitan la Luna, una de las tres primeras personas que ven como la Tierra amanece sobre la superficie de nuestra Luna.

¡Me siento dichoso!



viernes, 23 de noviembre de 2018

Hubo un tiempo.


El tiempo degrada
hasta lo que creímos eterno.


Hubo un tiempo en el que nuestros corazones sonreían.

Hubo un tiempo en el que mis ojos buscaban los tuyos y se entendían.

Hubo un tiempo en que nuestras pieles se erizaban cuando, queriendo o sin querer, sentían el roce de la piel del otro.

Hubo un tiempo en el que al dormimos nos dábamos un beso y, abrazados, nos dejábamos llevar por Morfeo con la certeza de que, en sueños, también volaríamos juntos.

Hubo un tiempo en el que desayunar juntos en la cocina era tomar una taza de café con leche endulzado con caricias.

Hubo un tiempo...

Pero el tiempo pasa y la vida ha erosionado nuestros corazones, nuestras pieles, nuestras miradas, nuestras caricias... Hasta nuestras tazas de café con leche.

Nos ha erosionado a nosotros.

En este tiempo no desayunamos juntos, nos sentimos incómodos solos tú y yo en la mañana.

En este tiempo si nos rozamos por casualidad nos pedimos perdón.

En este tiempo nuestros pies no se buscan bajo las sabanas.

En este tiempo si se cruzan nuestros ojos sentimos miedo y desviamos la mirada.

En este tiempo...

Hace muchos años decidimos coser con amor, cariño, complicidad, fantasía y esperanza nuestro traje de amistad y futuro para vestir nuestro amor.

Hace muchos años creímos que las puntadas que dábamos uniendo telas para nuestro vestido serían para siempre.

Hace muchos años éramos unas personas diferentes, sin erosiones.

Hace muchos años...

Hoy asistimos impávidos, inmóviles, impasibles, al espectáculo desde ver cómo se van descosiendo las costuras de la prenda que ha servido para proteger nuestro amor. Nos miramos cual gatos huraños, nos culpamos el uno al otro y nos encogemos de hombros sin importarnos que nuestro raído atuendo se esté deshilachando.

Hoy, enfundados cada uno en su particular traje gris, hemos olvidado las lecciones de Momo, hemos pactado con los hombres grises y luchamos por aprovechar el tiempo para provecho de quién sabe qué, pero desde luego no para dejarlo pasar y disfrutarlo el uno junto al otro.

Hoy no nos sentimos bien y no acertamos a saber la causa de esta desazón.

La causa de esta desazón…

La causa de esta desazón es simplemente el frío que le entra a nuestro amor por las raídas costuras se su deshilachado vestido.

Hemos de gastar tiempo en arreglarlo, en coserlo, en zurcir las costuras gastadas y los rotos que el tiempo ha ocasionado en su dulce tela.

Pero no tenemos tiempo…

¿No tenemos tiempo?

¡Sí tenemos tiempo!

¡Tenemos todo el tiempo que queramos emplear!

¿Cuánto quieres que empleemos?



sábado, 17 de noviembre de 2018

Treinta horas


Un reencuentro va más allá
 del hecho de estar juntas.


El sol poniente nos ilumina por la espalda. Nuestros contornos van por delante de nosotras, proyectándose sobre nuestros pasos.

La sombra de las cinco. Cinco sombras. Sombras alargadas, como largo ha sido el tiempo que ha pasado desde la última vez que, juntas, dormimos fuera de casa.

Nuestras siluetas oscuras parecen las mismas que cuando aún no éramos mayores de edad. Las veo y no me parecen diferentes de las que nos acompañaban antaño, igual que nuestra forma de sentir. Anoche en el apartamento veía a cinco amigas de dieciséis años hablando como mujeres de cuarenta y nueve.

Se me hacía extraño.

Estos treinta y tres años solo han pasado para nuestra componente fisiológica, pero ha sido un suspiro para nuestra conciencia, para nuestra aurea, que sigue sintiéndose como aquellas niñas que fuimos.

Aquellas niñas que fuimos…

Aquellas niñas que somos…

Aquellas niñas que seremos…

Durante estas treinta horas juntas hemos retrocedido treinta y tres años.

El apartamento ha sido nuestra residencia de las Pepas en el que hemos revivido sentires adolescentes. Sentires que hoy siento con la misma intensidad que antaño. Sentires de amistad. Sentires de inocencia. Sentires de querer volar fuera del mundo que creemos nos aprisiona.

Se acaba el tiempo de esta nuestra experiencia juntas. Como se acaba el día en el ocaso que nos ilumina dibujando nuestras cinco sombras atemporales en esta acera de la Gran Vía madrileña.

Quisiera congelar este momento...

Quisiera seguir sintiéndome adolescente en compañía de mis cuatro amigas de instituto.

Cinco niñas de cuarenta y nueve años que dentro de unos minutos llorarán al despedirse.

¡Que el Sol se pare! ¡Que el tiempo se detenga! ¡Que las sombras, como la edad, no se alarguen más!

¡Que pronto volvamos a repetir estas sensaciones!



viernes, 5 de octubre de 2018

Osadía vespertina


A veces el deseo
nos induce a ser muy osados


Se ha pasado al bar…

Ahora en el bar no hay nadie. No voy a tener otra oportunidad mejor…

Necesito hacerle una foto de cerca. Ese bañador deja poco lugar a la imaginación. ¡Se le nota todo!

Si ya lo decía yo cuando éramos jóvenes: “¡Está siempre empalmado!”

Y, ¡leche!, que no estaba empalmado, que lo que le pasa es que la tiene de un tamaño poco común…

¿Cómo será cuando se empalme? ¡No quiero ni pensarlo!

Aún recuerdo su roce cuando bailábamos lento en la discoteca… Solo de recordarlo me estoy notando excitada.

Está claro que ahora no va empalmado. Acaba de salir de la piscina y el agua está helada. 

Con el bañador mojado se le nota aún más…

¡Tengo que aprovechar ahora! ¡Ahora o nunca!

Voy detrás de él…

-“¡Oye! ¿Puedo hacerte una foto?”

Como me diga que no me muero…

¡Sí, sí, sí…! ¡Me deja, me deja! ¡Bien!

-“Ponte, que enfoco… Di patata…”

¡Madre mía ¡Que hermosura!

-“Espera, espera, que hago otra, que en esta no ha salido la cara…”




jueves, 13 de septiembre de 2018

¡Eureka!


Una cosa es lo que vemos
y otra lo que sucede.


José Enrique Amaro en “La posibilidad de viajar en el tiempo” de la colección “Un paseo por el Cosmos” lo explica. A ver si lo he entendido…

Según Richard Feynman, premio Nobel de Física en 1965, un positrón es un electrón viajando hacia atrás en el tiempo…

Esto he de dibujarlo, por mucho que lo lea si no lo veo no lo terminaré de entender…



Y ahora a leerlo de nuevo…

“Lo que vemos, según un diagrama de Feynman, es que un fotón de pronto produce un par electrón positrón en un punto A que se alejan en direcciones contrarias. Poco después, el positrón choca contra un electrón en un punto B y se aniquilan produciendo un fotón.”

Esto es lo que vemos…

Pero según dice Feynman existe otra lectura…

“Un electrón situado en el punto B, debido a una fluctuación cuántica asociada al principio de incertidumbre de Heinsenberg, emite un fotón y comienza a viajar hacia atrás en el tiempo, hasta que choca con otro fotón e induce otra fluctuación cuántica cambiando su línea temporal y viajando de nuevo hacia delante en el tiempo.”

¡Así lo entiendo mejor! ¡Qué astuto Feynman!

Esto lo he entendido. Bien.

Entonces, si un positrón es un electrón viajando hacia atrás en el tiempo, las detecciones de grandes cantidades de positrones en el centro de nuestra galaxia serían en realidad electrones viajando hacia atrás en el tiempo… ¡Vaya tela!

¿Y nadie se ha dado cuenta de por qué ocurre esto? ¿A nadie se le ha ocurrido el porqué? Si es como sumar uno más uno…

Aunque puede que la ciencia oficial no haya prestado demasiada atención a Frank Tipler… Como es un simple escritor y profesor de física matemática… Ya, ¡simple…! ¡Cuántos quisieran ser la mitad de él!

Menos mal que este libro recopila sus trabajos…

¡Tipler tiene razón! ¡Los positrones del centro de la Vía Láctea prueban la viabilidad de su máquina del tiempo!

La idea inicial es de Wellem Jacob van Stockum, que curiosamente murió tres años antes de nacer Tipler. El primero murió en 1944 y el segundo nació en 1947. Quienes admitan el hecho de la reencarnación puede que vean aquí una…

Stockum describió que “dada una larga columna de polvo en rotación con velocidad y densidad determinada, la columna se mantenía unida por la atracción gravitatoria de las partículas de polvo que la componen.”

Tipler, muy avispado, descubrió que “si la velocidad de rotación era suficientemente alta existían curvas temporales cerradas a determinada distancia de su centro”, osea, ¡que provocaría viajes hacia atrás en el tiempo!

Y ahora la gran pregunta: ¿Qué provoca la inversión temporal de los electrones en el centro de nuestra galaxia?

¡Sencillo!

¡Nuestro súper masivo agujero negro! ¡Sagitario A*!

¿Y nadie se ha dado cuenta? ¿O es que yo no he leído nada respecto a esto?

Si el centro de nuestra galaxia, nuestro agujero negro, está rodeado de nubes de gas molecular y polvo al que llaman Anillo Molecular, está claro que estas nubes están girando a grandes velocidades alrededor del agujero negro y que, dado el volumen del agujero, forman un cilindro rotatorio. ¡Este cilindro es un Cilindro de Tipler!

¡Está clarísimo!

Todas estas teorías y hechos conducen a una conclusión. Conclusión de mi cosecha. Esta teoría es idea mía, y he de enunciarla, a ver si la hilvano:

El centro de nuestra galaxia es un agujero negro que provoca que las nubes de gas y polvo giren alrededor de él a gran velocidad antes de ser absorbidas, provocando el efecto que describió Tipler con sus cilindros rotatorios: curvas temporales cerradas que provocan un viaje hacia atrás en el tiempo. La prueba de que esto ocurre son las grandes cantidades de positrones detectados en el centro galáctico, que en realidad son electrones viajando hacia atrás en el tiempo según describió Feynman en sus diagramas.

¡Toma ya!

¿O debería decir?: ¡Eureka!