domingo, 13 de diciembre de 2020

Fetichismo en la peluquería

 

Un deseo irrefrenable.

Un castigo seguro.

 

Ahí está… Desde aquí se ve perfectamente la puerta de la peluquería y ellas no me pueden ver. Esta celosía con rosales me sirve de parapeto.

¿Cuánta gente habrá?

Hoy es jueves. Es el día que menos gente tienen.

¿Voy?

La última vez ya me dijeron que si no usaban champú no podían lavarme la cabeza.

Pero si usan champú me castigará mi hermana… Me huele cuando llego a casa y si la cabeza me huele a champú me pega…

¡Y yo no quiero que me pegue!

¡Yo soy mayor que ella y no me tiene que pegar! ¡Lleva más de veinte años pegándome! Desde que murió mamá y me tuve que ir a vivir con ella. Yo tenía treinta y cinco años... Pobre mamá… Era tan joven…

¡No quiero que me pegue! ¡Es mala!

Pero notar cómo cae el agua, cómo me tocan la cabeza…

Protegido por la capa negra…

Tocarme mientras ellas me lavan…

Acariciarme disimuladamente…

¡Necesito hacerlo otra vez!

Estas chicas son las únicas que no me gritan. En las otras peluquerías si paso me gritan y me echan a la calle. Pero estas chicas no, estas son muy amables, solo que no quieren lavarme sin champú y si me lavan con champú mi hermana me pega…

¡Pero lo necesito!

¿Y si me lavan con champú y yo  después me froto el pelo con hojas y me lavo en la fuente para quitar el olor?

Solo de pensarlo estoy notando la excitación… Uf…

El agua calentita…

Las manos lavando mi pelo…

La capa negra por encima…

Empezar yo a rozarme con la mano ahí, para ir cada vez a más…

Uf…

Además, estas chicas me dejan llevarme la capa. Como la mancho me la llevo y la tiro, ellas no me discuten. Con la capa puesta consigo que no se me manche la ropa. Si me mancho la camisa o los pantalones y mi hermana lo descubre ella me pega. ¡Hermana mala!

Estas chicas me dejan llevármela…

Son la únicas que no me gritan…

¿Me lavarán sin champú?

Son muy amables y hoy no tienen mucha gente….

Lo necesito…

¿Voy? 

¡Tengo que ir!

¡Voy!

Agua calentita….

Las manos en mi pelo…

La capa negra por encima…

¡Placer…!




sábado, 31 de octubre de 2020

Café a las 4

Frío exterior.

Frío interior.

 

Café a las 4. 

Todos los días. 

Me sienta yo como me sienta.

Piense yo lo que piense.

Quiera yo lo que quiera.

De lunes a viernes café a las 4.

Después, sonrisa forzada, palabras banales, preguntas vacías... Mi relación con mis compañeras no debe saber de mis íntimos sentimientos por verme como una mujer perdida, náufraga en este mar de conversaciones sin sentido con la clientela en la que cada cual me cuenta su vida y yo no puedo hablar de la mía salvo con contadas personas con las que siento afinidad y a las que me aferro cuales restos de otros naufragios encontrados a la deriva.

¿También se sentirán como yo? ¿También querrán escapar como yo? ¿Tampoco se atreverán?

Fracasada. Me siento  fracasada pese a tener un trabajo que da para vivir la vida que me recetaron, que me recetaron y que yo he aceptado.

Vivir...

¡Vivir!

¿Vivir?

¿Qué es vivir?

Se nota el frío hasta en el café. Se ha quedado helado mientas la daba vueltas. ¡Ea! Es lo que tiene tomar café en una terraza en octubre... ¡Maldito virus!

Esta fría pequeña ciudad hiela cualquier calor, el calor del café y mi calor. Una ciudad sin mar, sin playa, casi sin gente, en la que no hay lugar donde escapar.

Me mantiene a flote mi pequeña. Si no fuera por ella...

¡Si no fuese por ella!

Ella me da la vida. Vivo por ella.

Cuento los minutos que restan para cerrar y salir con ella a caminar, patinar, montar en bicicleta… ¡Qué más da! El caso es estar con ella. 

Ella es la razón por la que he de mantener esta sinrazón, mi íntima sinrazón.

¡Pero me ahogo!

La rutina me puede. Mi casa me agobia. Mi marido me obvia. Yo no me reconozco...

¡Quiero romper! Pero no puedo...

¿No puedo? ¿O no me atrevo?

¿Por qué no me dejo guiar por mis impulsos?

Quiero hacerlo...

¡Que frío está! Se ha quedado helado... 

¡Café frío! ¡Matrimonio helado! ¡Deseos congelados!

Las 4 y cuarto. Toca trabajar. Toca seguir viviendo esta farsa.

¿Hasta cuándo?

 


 

domingo, 4 de octubre de 2020

Sé que me miras.

 

Sólo el corazón sabe

de los deseos reprimidos.


Sé que me miras.

Sé que no pierdes detalle de mi perfil.

Te gusta mirarme.

Te gusta saber de mí.

A mí me gusta que me mires.

A mí me gusta saber que te hubiese gustado que tu realidad hubiese sido otra. Otra realidad, junto a mí.

¿Recuerdas nuestra canción?

Sé que sí.

Sé que la recuerdas y que te gustaría volverla a oír mientras nuestros ojos se miran fijamente y asienten igual que aquel día en el que se miraban fijamente mientras tu mano derecha apretaba mi cintura para pegarme a ti y mi codo izquierdo impedía que lo que los dos deseábamos se materializara en aquella sala repleta de parejas de cuatro lascivos ojos, todos posados sobre ti y sobre mí, esperando mi derrota y ansiando tu victoria.

Lo sé. Sé que la recuerdas.

Cuando subo al mercado y cruzo la esquina de la calle con la plaza siento cómo tus ojos me escrutan y se posan sobre cada pliegue  de mi vestido y sobre la poca piel que deja ver  entre él y mis zapatos. Vestido que cosí mientras pensaba en cómo me mirarías cuando cruzara la invisible línea que separa la privacidad de la calle con la notoriedad de la plaza. A cada paso que doy y me acerco a la esquina mi corazón se acelera sabiendo que te veré, de reojo, ahí junto a la parecilla de la plaza, con tu sombrero, mirándome, a hurtadillas, sin esconderte pero sin descaro. En ese momento es cuando mi corazón se desboca y mis piernas flaquean y mi vista se nubla y noto el sopor del calor de lo que pudo haber sido y no fue. Y noto la rabia de saber que yo no fui suficiente para ser tu esposa. Que te decidiste por otra mujer con quien creíste serías más feliz pero que te ha empobrecido la vida y acartonado el corazón. Acartonado el corazón a ti y a mí.

Nunca te dije que no. Nunca te dije que sí. Nunca te dije porque nunca me preguntaste. Porque nunca te atreviste. Porque siempre me deseaste pero no tuviste el valor de imponerte a tu madre y decidirte a estar con la mujer que querías y no con la que te imponían. Nunca tu palabra. Siempre tus ojos. Nunca y siempre. Siempre y nunca. Eso es lo es lo que esto ha llegado a ser: un nunca y un siempre.

Nunca por imposición.

Siempre por nuestras miradas cuando subo y cuando bajo por la plaza, que se encuentran y se esconden, que se miran y se niegan, que se mienten y se sinceran, que se quieren y alejan.

Siempre y nunca.

Cuando me ves escrutas mi perfil como el sol perfila la sombra de mi talle sobre el polvo apretado de la calle. Minucioso. Paciente. Resignado.

Me miras. Te siento.

Me sientes. Te miro.

Y día tras día esta historia inacabada escribe un nuevo capítulo de miradas escondidas y deseos reprimidos presos de la tiranía del destino que inclinó la balanza de la guerra hacia el bando contrario y terminó enterrando mi futuro en una fosa común y con nuestros deseos en esta fosa que día tras día abrimos con nuestras miradas para arrojar nuestros impulsos y cerramos con nuestras lágrimas derramadas en sábanas frías de camas semivacías ocupadas por nuestros cuerpos deseosos de encontrar el calor mutuo que sólo nuestros corazones conocen al oír cada uno cómo palpita el otro por mucha distancia que separe nuestras furtivas miradas en mi camino plaza arriba y plaza abajo sintiendo tu mirada en mi perfil, en mi talle, en los pliegues de mi vestido, en mis piernas, en mi sobra…

 



lunes, 3 de agosto de 2020

Ahí se te queda, Amadeo


Mear sí.
Lo otro no.


Joeeeer… No se va…

Y yo no podía aguantar más.

Yo creo que el blanco que ha puesto de pincho en la última ronda me ha revuelto las tripas, menudo dolor me ha entrao

O es eso o es que las cinco rondas de gordas que llevamos me han hinchao.

Y no se va…

Ya he tirado de la cadena tres veces. ¡Joder!

Porque no creo que hayan sio las dos cabezas de ajos que me comí a medio día. Estaban tan bien asás en la lumbre que una se me quedaba corta. No, no creo que haya sio eso, seguro que ha sio el blanco. O los alcahuetes, que sabían un poco a rancios…

¡El caso es que no se va!

¿Y si le pincho con algo? Si le pincho con el atao de la escoba amarga se va a poner perdio… Y cuando la coja Amadeo para barrer… ¡Mejor no!

Y nada… No se lo traga. O es muy gordo el pino o muy pequeño el albañal.

¿Y qué le digo? ¿Qué no sé leer?

En la puerta tiene un cartel que lo pone bien claro y él nos lo ha dicho cuarenta veces: “¡Mear sí, lo otro no! Que os corro a palos…”

La última ronda la voy a perdonar… Si me quedo a tomármela y  pasa y lo ve... Ya puedo correr…

Yo me bajo pa mi casa…

Tiro otra vez de la cadena a ver si se la lleva… Si no se la lleva ay se queda.

Nada… sube y baja pero no traga…

Ala, pa mi casa…

“- Bueno, yo ya me voy pa bajo.
- ¡Ay te se queda Amadeo!”




sábado, 6 de junio de 2020

Treinta y uno de mayo


Realidades de hoy.
Recuerdos de ayer.


Suena el tercer toque. A esta hora Él debería estar saliendo de la iglesia para iniciar la procesión.

Pero este año no.

Este año Él no saldrá en procesión. Este treinta y uno de mayo nuestro Patrón no saldrá en procesión. Recuerdo aquel treinta y uno de mayo en el que sí salió en procesión pero en el que nadie imaginábamos lo que ocurriría pocos meses después.

¡Qué silencio! La distancia de seguridad impide que hablemos entre nosotros.

Dos personas en el primer banco, una en el segundo, dos en el tercero… y así hasta los dieciocho bancos por fila. Poco más de cincuenta personas...

Vacía. La iglesia está vacía. ¡Y debería estar llena!

 A una misa del día del Cristo, en condiciones normales, asistirían trescientos fieles o más.

¡El silencio impera! ¡Impresiona!

La primera misa del Cristo que recuerdo es de hace ochenta y cuatro años. Yo era una niña. La ceremonia en la antigua iglesia me marcó. La recuerdo con viveza, puede que sea por ser uno de los primeros recuerdos que atesoro, en mi retina quedó la figura el cura oficiando de espaldas a los feligreses, un cura enorme, al menos a mí así me lo parecía, posiblemente por ser yo muy pequeña.

Pero lo que más quedó impreso en mi memoria fueron los acontecimientos que ocurrieron semanas más tarde. Ver como destrozaban el órgano de la iglesia y como los chicos simulaban procesiones tocando sus trompetas. Ver como sacaban las imágenes arrastrándolas. Ver cómo les arrancaban la cabeza. Ver como quemaban los cuerpos inertes de esos Santos ante los que días atrás nos postrábamos rezándoles y rogándoles concedieran favor a nuestras plegarias.

¡Bestias!

Ya sale don Pedro. Casi noventa años y sigue al pie del cañón. Es incombustible. Es el Cura, con mayúscula, del pueblo. Toda una vida oficiando en nuestra parroquia. Este hombre ya no se jubila, el día que Dios lo llame a su lado seguramente se encuentre detrás del altar y caiga fulminado. Ojala ocurra dentro de muchos años.

Se respira tristeza, pena, pesadumbre, melancolía... Diría que hasta Cristo tiene un rictus de pesar. Su rostro parece reflejar el sentimiento de tantos y tantos fieles a su fiesta que no han podido venir a compartir misa con Él, a compartir la procesión, a compartir el jolgorio, a compartir las vivencias de los últimos doce meses con todos los que procedemos de este rincón conquense y ser partícipes de la alegría de verse un año más. Hoy las mascarillas ahogan nuestro lamento.

Viendo a estas cincuenta personas ataviadas como un equipo quirúrgico se me antoja que son personal médico dispuesto a socorrer a Jesús crucificado para evitar su sufrimiento y su  muerte. Profesionales de hospital dispuestos a darlo todo por Él, como los sanitarios lo han estado dando por todos los enfermos que les han llegado, lo han dado todo, algunos incluso la vida, como Él la dio por nosotros.

En el treinta y seis nadie se atrevió a dar la cara por Él. Atreverse podría significar perder la vida. Días después de aquel treinta y uno de mayo toda España se precipitó al abismo.

Y llegó el dieciséis de mayo del año siguiente y no hubo ni fiesta ni procesión.

Y llegó el cuatro de junio del treinta y ocho y lo mismo. No había curas. No había fieles. No había imágenes.

Ya acabada la guerra volvió la tradición, pero sin talla, sin figura. En procesión, los fieles que quedaron, sacaron como icono un cuadro con una foto de la imagen que tres años atrás había ardido ante la diabólica acción de aquellos reaccionarios.

Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas.” Ellos empezaron a hablar en otras lenguas, nosotros tenemos la boca tapada por estas mascarillas que apagan nuestras palabras. ¡Qué contraste entre lo que ocurrió en Pentecostés y lo que nos ocurre hoy! Hoy cuanto menos hablemos con los demás mejor, más seguros estaremos.

Es curioso que en la Lectura aparezcan juntas las palabras fuego y hablar, dos palabras que unen acontecimientos con ochenta y cuatro años de distancia.

¿Esta mañana, en la primera misa, habría el mismo número de personas que ahora?

Que poca gente estamos en el pueblo… ¡Y cuánta gente se ha quedado en casa sin poder venir! Vuelos cancelados, trenes parados, coches confinados en su provincia de residencia… Es el tiempo de la pandemia.

Qué día de fiesta más triste…

Pero me siento alegre porque nadie quemará esta vez la imagen de mi Santísimo Cristo de los Pastores, porque sé que Él nos protege, porque confío en que todo esto pase y el año que viene, el veintitrés de mayo, la iglesia estará llena a rebosar, todos los fieles a nuestro Santo Cristo podrán venir a acompañarlo en su fiesta y, que Dios me lo conceda, yo pueda ver a mi Cristo frente a la puerta de mi casa para pedirle que me deje vivir un año más.

¡Viva el Santísimo Cristo de los Pastores!







domingo, 17 de mayo de 2020

Belleza

Levanta la mirara.
Descubre la belleza.


La belleza nos rodea.

Está allí donde menos lo esperas.

Levantas la mirada y....

¡Voila! ¡Ahí está! Donde nunca hubieras imaginado.

Así somos también las personas.

Bellas según donde miremos.

A veces no levantamos la vista

Y nuestra mirada no se cruza con la frescura

De unos ojos bellos.

Como bella es la imagen de este árbol.

De mi Paraíso, que preside la entrada de mi casa.

Como bellos son los ojos azules que a diario me miran

Y que presiden la entrada a mi vida.

Belleza que hemos de disfrutar

Y que un solo gesto, levantar la mirada,

Nos la descubrirá para deleite de los sentidos.




jueves, 30 de abril de 2020

Confinados



El silencio es el ruido más fuerte,
quizá el más fuerte de todos los ruidos.
Miles Davis.


Otro día nublado. La temperatura es agradable. No da frío al salir de casa.

Las aves están despertando.

Cerca se oye el arrullo de una paloma. Los gorjeos de los gorriones, que están por doquier, inundan la calle. Revolotean por una vía desierta de tráfico y de personas.

Se respira paz.

A lo lejos se oye el zumbido de algún motor, lejano, extraño, fuera de lugar en este concierto aviar. Son las siete y media de la mañana y en circunstancias normales el sonido del tráfico debería ser ya atronador. Atronador y estridente. Estridente por romper el silencio de la ciudad, silencio que estoy descubriendo en estos días de confinamiento.

Recuerdo un artículo que leí sobre el que llamaba “efecto omega”, que hablaba de que algo que tenemos cotidianamente, en nuestras vidas a diario, no lo notamos, no somos conscientes de su existencia, solo  nos damos cuenta de su existencia cuando dejamos de tenerlo. Como el ruido de la ciudad. No somos conscientes de él, estamos acostumbrados a convivir con él. Incluso somos capaces de dormir con él. Pero desde hace más de cuarenta días ese ensordecedor ruido de fondo, pero imperceptible en nuestra vida cotidiana anterior, ha desaparecido y nos permite escuchar otros sonidos que antes no éramos conscientes de su existencia.

La sinfonía continúa: El arrullo de la paloma, el trinar de los pájaros, el graznido de una urraca, el gorjeo de los verdecillos...

Silencio. Paz. Naturaleza. Y esta sensación tan agradable de humedad en un nuevo amanecer nublado.

A esta hora no pasa nadie por la calle. No me cruzo con nadie al ir a tirar la basura. En pocos minutos empezarán a circular los coches de las pocas personas que ahora trabajan fuera de casa y que entran a las ocho, se oirá un pico de estruendo de los motores de sus coches, del autobús que baja por la avenida a las ocho menos cuarto. Pero a esta hora no se oye más que la naturaleza, esa con la que deberíamos fundirnos en comunión, en simbiosis, para que tanto ella como nosotros nos beneficiáramos, y no deberíamos tratarla como la tratamos, como nuestro huésped, el huésped de estos parásitos de la Tierra que parece que estamos resultando ser los humanos. ¿Será este virus la defensa de lo que algunos llaman Gaia?

Antes del confinamiento caminaba veinte minutos para ir al trabajo y veinte para volver a casa. Ahora solo camino los diez escasos que empleo en ir a tirar la basura, de casa a los contenedores y vuelta.

Cuando vuelva a casa me esperan siete horas sentado en casa teletrabajando. Son los tiempos del confinamiento por la pandemia. Medio mes de marzo marzo y abril completo confinados en casa, sin poder salir, sin poder pasear, sin poder nadar, sin poder correr… Los que nos gusta hacer deporte nos hemos tenido que inventar e improvisar circuitos caseros, como el que hago dos veces por semana, ciento veinte vueltas durante media hora para correr cinco kilómetros. Si no nos mata el virus nos va a matar el tedio y el colesterol.

Ahí va un coche, gira en la rotonda para ir al centro. Este ha madrugado.

Y la gente está ahí, en sus casas, confinados, agazapados, atrincherados, luchando contra el virus con la única arma que nos han proporcionado: escondernos de él. Se asoman furtivamente a las ventanas de sus casas a las ocho de la tarde para aplaudir a los sanitarios, o al menos esa es la excusa, porque, la impresión que se da es que se sale a ver a los vecinos de en frente, a observar sus bizarros chándales de deporte casero, a ver al que aplaude, a ver al que no lo hace, a murmurar cómo los que viven allá, en el piso aquel, no salen a la ventana y se asoman tímidamente por detrás de la cortina, cómo los de acullá parece que estén aplaudiendo como si acabasen de ver “La bohème”… Es el único acto social que nos ha quedado permitido.

¿Y las noches?

En las primeras horas de la noche los sonidos cambian. Cesan las aves y el relevo lo cogen los perros. Se oyen en la lejanía ladridos alternos. Ladra uno bronco. Contesta otro agudo. Replica un ladrido rápido de patas cortas. De fondo algún motor. Un maullido ocasional. El zumbido del transformador eléctrico que da servicio a mi calle, cuyo sonido he descubierto en este confinamiento del estruendo del mundo humano.

Y paz.

Paz al alba. Aún no ha salido el sol y ya vuelvo a casa después de dejar mis desperdicios en el punto de recogida.

Paz también cuando las luces del ocaso se apagan y las sombras inundan las calles iluminadas por las tenues farolas.

Pronto esto acabará y no podré disfrutar de estas sensaciones, pero durante el poco tiempo que las he tenido las he bebido a sorbos cortos, saboreando lentamente su extraña textura agridulce: sentir la paz por un lado y el miedo al contagio por otro.