viernes, 28 de octubre de 2016

Siete

Nuestros hijos cumplen años
y nuestros recuerdos de niño afloran.


Hace casi cuarenta y dos años que yo cumplí siete. Tú los cumples hoy.

Hace casi cuarenta y dos años yo estaba expectante. Para mí, cumplir siete años era algo especial. Nací un día siete. Cumplir siete el siete para mí era, y fue, un gran acontecimiento. Una de las cosas más importantes de mi vida.

En mi infancia, no sé por qué, recuerdo muy pocos momentos de afecto. Las sensaciones del día en que cumplí siete años son, con creces, de los recuerdos más afectuosos que tengo.

Recuerdo que ese día vino mi tía Emilia a felicitarme. Yo estaba en el almacén que teníamos en la planta baja de la casa de mis padres, era todo diáfano, en él mi padre guardaba el camión.

Mi tía llegó y me tomó en sus brazos. Me abrazó. Me besó. Me acurrucó en su seno. Después me sentó en una mesa que teníamos allí y me hizo arrumacos. “¡Que mayor es ya mi chico!” me decía.

Recuerdo su cariño, su ternura, su calor.

Recuerdo que mi madre también estaba allí. Que ambas reían. Yo me sentía el ser más feliz del universo. ¡Reían y eran felices porque yo cumplía siete años!

Tú los cumples hoy. Para mí este día, tu día, es muy importante. Para mí, que tú cumplas siete años es, como fue cuando yo los cumplí, una gran acontecimiento.

No sé qué recuerdos tendrás cuando seas mayor. No sé qué cosas quedarán grabadas en tu memoria. No sé qué cosas están impresionando tus neuronas infantiles que harán que cuando seas mayor las recuerdes.

Sé lo que yo recuerdo.

No sé si un día recordarás que me encanta darte cariño, que me encanta leerte un cuento al acostarte, que me encanta estar contigo cuando te pones el pijama, que me encanta despertarte por la mañana poco antes de las ocho, que me encanta cómo hueles poco después de despertarte, que me encanta ayudarte cuando te vistes, que me encanta poner la pasta de dientes en tu cepillo para que te los cepilles, que me encanta preparar tu desayuno, que me encantan tantas y tantas cosas que hago contigo…

Me encanta darte amor. Me encanta que te sientas querido. Me encanta que me pidas mimitos. Me encanta acariciar tu espalda. Me encanta abrazarte mientras los dos estamos sentados en el sillón.

Me encanta que cumplas siete años. Que seas cada vez más mayor. Que tus recuerdos se vayan fijando cada día con más intensidad. Que cuando seas más mayor recuerdes mis abrazos, mis cariños, mis mimitos, mis sentimientos hacia ti…

Algo en mi interior me dice que tu séptimo cumpleaños será especial para ti. Para mí el mío lo fue.  O puede que sea que, como el mío fue especial, creo que el tuyo también lo será.

Sea como fuere, hoy he querido contarte, por si en tu memoria este día, el día en que cumples siete años, no quedara como un día especial, que para mí mi séptimo cumpleaños fue muy, muy especial. Y que mi intención es que todos tus días sean especiales.

Y que me encanta tenerte.



sábado, 22 de octubre de 2016

La vida sigue

Nuestra vida, sin darnos cuenta,
se convierte en un sacrifico por los nuestros.


Un día más. Los niños acostados, mi infusión calentita, mi sillón, mi mantita, él en el ordenador… Es mi momento diario de relax y de reflexión.

Hoy he recibido la comunicación de Educación. Cuando la he recibido me ha dado un vuelco el corazón. ¡Me dan plaza! ¿Pero dónde? Cuando la he leído he respirado… ¡Me han dado una sustitución en el García Lorca! Con salir de casa a las ocho llego de sobra. ¡No tengo que viajar por carretera ni vivir fuera!

Pero sé que no siempre me asignarán plaza en esta ciudad. Sé que en cualquier momento pueden darme plaza a doscientos kilómetros y entonces sé que mi vida cambiará.

Hasta ahora he conseguido estabilizar mi matrimonio.

Mi marido no aguanta a los niños. Especialmente al mayor. No entiende que la adolescencia requiere una dosis de paciencia extra por parte de los padres y está enfrentado constantemente a él. Mi hijo no entiende por qué su padre ha pasado de ser su amigo, en cierta manera su colega, a ponerle pegas por todo. Él necesita a su padre, pero su padre no consigue estar cerca de él. La adolescencia es un momento difícil para los chicos, necesitan nuestro apoyo, nuestra comprensión, pero mi marido no aguanta sus reacciones, el tiempo que emplea con el móvil, el que no haga las cosas como se le pide…

Intento que no estén los dos solos en casa, sin estar yo, porque supone enfrentamiento seguro y al final quienes terminamos discutiendo somos nosotros: mi marido y yo. ¡Y ya son demasiadas discusiones!

Si yo tuviese que vivir lejos… No sé qué podría pasar en mi hogar.

Y luego está la vecina…

No sé en que momento empezó, pero sé que mi marido mantiene una amistad demasiado especial con ella. De vez en cuando quedan a tomar café. Lo sé porque siempre comentamos con quien tomamos café los dos. Yo, cuando estoy trabajando, siempre tomo el café con mis compañeras de instituto; si no en casa sola, tranquila. Él normalmente con compañeros de su trabajo y a veces con ella: tres o cuatro veces al mes. Me dice que como sus trabajos están cerca coinciden de vez en cuando.

El hecho de quedar con ella a tomar café de vez en cuando no sería para preocuparse, pero sí me preocupo por sus conversaciones por WhatsApp. Mi marido las borra, pero a veces se le olvida hacerlo y yo he llegado a tiempo de leerlas. Él no sabe que he leído algunas, ni yo se lo voy a decir, no quiero que piense que lo espío.

La primera que leí fue por casualidad. Tuve que coger su teléfono porque él estaba en la ducha, lo llamaban del trabajo. Ya que lo tenía pulsé, sin pensar, en el icono de WhatsApp y entre las últimas conversaciones aparecía la foto de ella. Le di a su foto y leí…

Me acuerdo perfectamente de aquella primera conversación que vi entre ellos. Preguntaba él: “¿Que ropa llevas puesta hoy?” Contestaba ella: “La camisa roja ajustada que tanto te gusta y una falda negra de tubo.” Respondía él: “¿Esa que cuando te sientas en la barra de la cafetería me deja ver lo espléndidas que son tus piernas?”

Después aparecían iconos con caritas sonrientes, con mejillas coloradas… Ella contestaba: “Bien que te gusta mirar mis piernas y el escote de esta camisa, pillo…”

Me quedé helada. Tuve una crisis nerviosa. Dejé el teléfono donde estaba. Le puse una nota de que lo habían llamado y que salía de compras. Salí a darme un paseo, airearme, tranquilizarme… No le dije nada. Nunca se lo he dicho.

Días después, un día que él se había acostado y yo me había quedado un rato más, cogí de nuevo su móvil para mirar el chat con la vecina. Estaba vacío. Ni un solo mensaje. Lo había borrado todo.

Pero sé que continúan chateando, a veces si la conversación no es comprometida la deja. También sé que intercambian fotos. En la galería de imágenes tiene fotos de ella tomadas en su trabajo, con poses sugerentes… Las ha borrado del chat, pero ha olvidado borrarlas de la galería. O puede que no las haya borrado para mirarlas…

Por eso, no quiero pensar qué ocurriría si yo, de lunes a viernes, no estuviera en casa…No quiero pensar en las broncas que tendrían mi hijo y su padre… No quiero pensar en qué ocurriría durante las horas de las actividades de las tardes en las que mis hijos no están en casa y ésta está vacía… ¿Tomaría café en casa con la vecina? No quiero pensarlo…

Si me asignan plaza en un instituto lejos creo que este matrimonio tocaría a su fin. Las tensiones de él con los chicos y las distensiones con la vecina acabarían con esta relación.

Pero de momento tengo plaza aquí al lado. El futuro será como tenga que ser, pero he de vivir en el presente y en este presente puedo mantener el tipo y evitar una ruptura que tanto daño podría hacer a mis niños.

Seguiré evitando las discusiones siempre que pueda y cerraré los ojos por la amistad con la vecina. La vida sigue.


viernes, 14 de octubre de 2016

Vivir en libertad

A mitad de nuestra vida, algunos,
tomamos decisiones valientes.


Llegó el momento. Son mis últimos instantes en esta casa. Han sido más de seis años. Seis años durante los cuales mis sentimientos me han empujado, cada vez con más fuerza, hacia la ansiada libertad.

“Ayer se fue. Tomó sus cosas y se puso a navegar.”

No soy la misma que cuando llegué. Recuerdo el primer día, la primera vez que él y yo abrimos la puerta siendo ya propietarios. Veníamos de la notaría de firmar la compra y la hipoteca. Era mayo, el sol iluminaba radiante la entrada, parecía que la casa nos daba la bienvenida. Recuerdo nuestra alegría, los abrazos que nos dimos, creo que uno en cada habitación. Abrimos las ventanas para que el sol entrara a raudales. Nos sentíamos felices.

“Una camisa, un pantalón vaquero y una canción.”

Entonces estábamos unidos. Al menos ese era mi sentimiento y el suyo. O eso creía yo...

“Dónde irá, dónde irá.”

Ahora, seis años después, no sé si alguna vez sentí amor. Su cara sonriente, siempre alegre, su aspecto frágil, su enfermedad crónica… No sé si era amor o lástima, instinto de protección. No sé.

“Se despidió, y decidió batirse en duelo con el mar, y recorrer el mundo en su velero, y navegar, nai na na, navegar.”

En estos años viviendo aquí se me han abierto los ojos. Un par de recaídas suyas me han hecho sentirme únicamente como su enfermera. No su esposa. Y él no va a mejor, al contrario, cada vez se le ve peor. Mi vida no puede reducirse a ser la cuidadora de una persona enferma. Soy joven. La persona más importante de mi vida debo se yo y por mí he de mirar. Mi matrimonio no debería ser una cárcel para mí y lo siento como eso: una cárcel. Tengo derecho a vivir en libertad, a navegar en libertad.

“Y se marchó, y a su barco le llamó Libertad.”

Estas paredes que hoy dejo han sido testigos de mis tribulaciones, de mis dudas, de mi desesperación, de mi querer y no poder, de mi metamorfosis. La casa se la queda él, yo no puedo pagarla, pero con la parte que me ha abonado ya tengo mi piso, suficiente para mí y para vivir con mi hijo cuando le toque venir conmigo, cada quince días.

“Y en el cielo descubrió gaviotas, y pintó, estelas en el mar.”

Voy a una vida mejor, a una vida sin cargas, a una vida de libertad, a no sentir que estoy quemando mi juventud y desaprovechando los años de lozanía. Mi cuerpo, además, necesita pasión, aunque eso es algo que no quiero buscar de momento. Pero sé que la pasión me encontrará…

“Y se marchó, y a su barco le llamó Libertad, y en el cielo descubrió gaviotas, y pintó, estelas en el mar.”

Llegó el momento. Tengo las dos últimas maletas en el pasillo. Estoy sola en esta casa. Nadie ha venido a despedirme, así lo pedí yo. Cuando cruce la puerta no volveré. Se quedan los recuerdos, lo momentos en los que me abstraía escuchando música en ese equipo, oyendo a Mecano, Amaral, Héroes del silencio… Música que me ha acompañado en mis meditaciones sobre qué hacer. Mis CDs me los llevo. Él se queda los suyos. A él le gusta otra música, más romántica. Lo pondré y dejaré que suene, mientras me marcho, oyéndolo por última vez. Será la despedida.

“Su corazón, buscó una forma diferente de vivir.”

Ayer se fue…”. Perales. Él ha debido estar oyéndolo. Creo que me quiere, pero yo a él no. Ésta es “Un velero llamado Libertad”, del álbum “Otoño”, ¡las veces que la hemos oído juntos...! Va a ser la última canción que escucho en esta casa. Oyéndola, hoy, parece que es a mí a quien canta, pero yo no pienso regresar…


viernes, 7 de octubre de 2016

De otros mundos

¿Todos somos iguales?
¿De dónde vienen nuestras almas?
 ¿Por qué sufrimos?


Cada día siento más añoranza. Ya hace demasiado que no voy. Ya hace demasiado que no siento el viaje. Ya hace demasiado que no siento la llegada. Ya hace demasiado que no siento la fuerza de atracción de mi mundo. Ya hace demasiado que no siento su olor. Ya hace demasiado que no siento la radiación de las dos estrellas que me vieron nacer. Ya hace demasiado…

Pero queda poco. Dentro de poco podré volver a sentirlo. Según el último psicomensaje la Tierra pasará por la zona del agujero de gusano “¬|∂◊+++-“ en el solsticio de invierno. Ese día, en la noche, mientras duermo, durante unas cuatro horas terrestres, podré pasar un largo tiempo en mi mundo. Con mis amigos de verdad, con mis padres de verdad, con mis hermanos de verdad…

En este mundo terrestre lo único que tengo de verdad es el mundo personal que tanto me ha costado crear dentro del mundanal mundo humano. Fuera de mi mundo personal suelo encontrar cierto grado de rechazo; es el precio a pagar por ser diferente, extraterrestre.

Llegué una noche de invierno. Me trasladé a este planeta a través del mismo agujero de gusano que usaré para hacer la próxima visita. Entonces la configuración óptima fue quince días después del solsticio de invierno.

Recuerdo que faltando menos de un mes para el viaje estuvimos a punto de abortarlo. La que iba a ser mi madre (y al final lo fue) se cayó de una mesa a la que se había subido mientras pintaba un techo. Si no llega a ser por la rápida intervención del equipo que coordinaba el viaje, el feto que crecía en su interior, de ocho meses de gestación, habría muerto. Los daños, importantes, fueron sanados y la cuenta atrás siguió, “aterricé” en este planeta en el seno de una familia de felices cuatro miembros.

No me esperaban. No era un miembro de la familia deseado. Ellos ya tenían su mundo y yo se lo distorsioné.

A todos los de mi especie, durante nuestros tres primeros años nos cuesta adaptarnos a la atmósfera terrestre. No debería ser así usando como usamos un cuerpo 100% humano pero es un defecto que no hemos conseguido subsanar. Sufrí las correspondientes crisis respiratorias que provocaron mi lloro constante. Pero sobreviví.

A partir de los cuatro años mi cuerpo se comportó como el de cualquier otro humano. Todo dentro de la normalidad.

Lo que sí que echo en falta es el calor emocional. Es otro defecto que no hemos conseguido solventar. Causamos rechazo en nuestra familia adoptiva, aunque ellos no saben que somos diferentes sienten que no somos como ellos y nos rechazan. Nos pasa a todos. A mí también. Y eso es lo que más daño nos hace.

Nos hace daño porque nuestra especie se entrega al servicio de los demás. Nunca dice que no a una solicitud de ayuda o colaboración. Nos sacrificamos, especialmente por nuestra familia terrestre. Pero el pago que recibimos es desdén, desaire, desatención… Por eso es tan importante los retornos temporales a nuestro mundo..

Mi próximo retorno será el séptimo. Aproximadamente cada siete años volvemos. Con edades de siete años, de catorce, de veintiuno… Y cuando retornamos a la Tierra volvemos renovados, nuestra relación con el mundo terrestre la vemos de otra forma y crecemos, cambiamos, evolucionamos.

Me queda poco para cambiar. Estoy deseando renovarme. Los dos últimos años de cada periodo se hacen muy difíciles, muy pesados, el ánimo baja enormemente. Pero cuando retorne de nuevo a la Tierra será otra historia. Mis dos queridas estrellas, alrededor de las que orbita mi planeta, son especiales. La más brillante nos da un ánimo que es difícil de describir. La enana naranja, que sólo se ve al amanecer y al atardecer, como Venus en la Tierra, es la que nos renueva la energía y nos empuja a un nivel de consciencia superior. Esa estrella es la clave de mi civilización y su influjo es el que nosotros, los infiltrados, debemos distribuir por los planetas a los que nos destinan.

Con ese influjo debemos contrarrestar el de los colonizadores procedentes de los mundos ruines, que se nutren del dolor y el sufrimiento humano. Que usan la amargura, el padecimiento, la pena humana como combustible para sus máquinas de placer. Placer para ellos. Placer macabro a costa de estas pobres gentes.

Cuento los días que quedan para mi partida. Esa noche simplemente seré sustituido por un holograma de energía durante cuatro horas terrestres y viviré en mi mundo un tiempo que para mí será como un año terrestre. Volveré renovado y con ganas de luchar y de dar felicidad.

Lo necesito.




viernes, 30 de septiembre de 2016

Mi rosal

Si rosas tener quiero
a mi rosal guiar debo


¡Cómo se ha puesto este rosal! Está totalmente enmarañado.

¡Y qué pocas rosas ha dado este año! No ha echado más que ramas y más ramas…

Las ramas que desvié a la derecha son las únicas que han tenido rosas. Estos últimos años estaba echando pocas rosas y por más que lo podaba no tenía resultados.

Hace dos años lo podé bien podado. Le corté las ramas que crecían y crecían, parecían juncos,  crecían hacia arriba alcanzando una altura increíble, pero no echaban ni una rosa. Las corté para evitar que creciera malgastando la energía y sin echar rosas. Pero sin resultados, volvió a echar cuatro rosas.

Este año, en vista del resultado del anterior, decidí darle una orientación diferente y una de las ramas que habían crecido más alta la doblé a la derecha formando un arco. ¡Ha sido la rama que más rosas ha tenido! Esta rama ha tenido infinidad de brotes, brotes cortos pero productivos. ¡De cada brote una rosa!

Pensé hacer lo mismo con otra de las ramas, orientarla a la izquierda, pero desistí debido al rosal que tengo plantado a su lado izquierdo. Este rosal, el de la izquierda, sólo tiene una floración al año, un montón de rosas de golpe, duran sólo el mes de mayo y no vuelve a echar más, pero se pone precioso, todo lleno de rositas rojas, es como un rosal explosivo, que sólo florece en mayo, pero en ese mes está espectacular.

Vi que si doblaba una rama a la izquierda, haciendo un arco igual que había hecho a la derecha, no quedaría estético. En la derecha tengo espacio. En la izquierda el rosal explosivo se come todo el terreno.

Pero este año han salido brotes por todas partes. Brotes que parecen competir por llegar más y más alto. Crecer y crecer, buscando el sol, pero con cero resultados. ¡Ni una rosa! Todos esos brotes consumen su energía en competir unos con otros, enredándose, pero no echan ni una rosa.

Un rosal debe tener rosas. Si un rosal no tiene rosas es como un partido político sin resultados, sin votos. Las rosas son al rosal lo que los votos a un partido político. Si un rosal no tiene rosas quedan dos opciones: o se corta y se pone otro o se guía para que las tenga. Es curiosa la analogía de los rosales con los partidos políticos… Si no se podan y se guían, para obtener votos y escaños, desaparecen y aparece otro en su lugar.

Y es lo que voy a hacer con este rosal en cuanto llegue el invierno: podarlo. Cuando llegue el frío no voy a dejar ni una de las ramas que no han tenido rosas. La rama de la derecha es la única que ha tenido resultados, sus rosas han sido abundantes, esa rama he de potenciarla y darle luz.

Puede que este año aproveche otro de esos largos brotes y en vez de un arco haga dos, uno a la derecha y otro de frente, al centro. Mezclar sus ramas con las del rosal explosivo de la izquierda, que sólo florece en mayo, no queda estético, sus rosas son diferentes y cada uno debe tener su espacio.




sábado, 24 de septiembre de 2016

Fariseos

Pero ¡ay de vosotros,
escribas y fariseos, hipócritas!


Amén.

Cumplida la penitencia, tengo limpio mi espíritu y preparado mi cuerpo para recibir Su cuerpo.

El oficio comienza en quince minutos. He de mantener mis pensamientos alejados de toda tentación. Falta una media hora para la eucaristía. Creo que soy capaz de no tener ningún pensamiento pecador.

Seguiré de rodillas un rato más.

Siempre me pongo en el mismo banco. Siempre ocupo el mismo sitio, en la fila de la derecha a la derecha, en el segundo banco de delante. He comprobado que ahí es donde más se me ve. Es mi banco.

Venir a misa y que no te vean no tiene sentido.

Las autoridades siempre se sientan delante. Los catequistas siempre buscan un sitio visible. Yo tampoco hago como los que se ponen de pie en los laterales de las iglesias, creo que eso es excesivo, pero este sitio es el que más se ve en toda la iglesia.

Ser cristiano requiere poco esfuerzo. Ya lo dijo Jesús: “Tus pecados te son perdonados”. Creo recordar que lo menciona Lucas en su capítulo siete. Los pecados se perdonan, sean o no intencionados. Sólo es necesario, para obtener el perdón, tener propósito de enmienda, pero el hombre es débil… El maligno nos tienta una y otra vez y provoca que pequemos. ¡Qué suerte tener la confesión!

Ya va llegando más gente. Siento cómo me miran al llegar.

Queda poco para que llegue mi familia. Aguantaré de rodillas hasta que ellos lleguen. Nadie se está sentando en este banco, todos saben que aquí nos sentamos nosotros.

¡Ay la confesión…! Si no existiera habría que inventarla… Si algo hago que resulta ser pecado es fácil obtener el perdón.

Me gusta confesarme los domingos por la mañana. Si me confesase por la tarde nadie me vería estar de rodillas cumpliendo la penitencia. No sentiría las miradas de los demás. No serviría de nada pues nadie se enteraría. No entiendo el hacerlo y que nadie sepa que lo hago. No entiendo a los que confiesan y cumplen la penitencia en las sombras de la tarde, con las luces de la iglesia apagadas, cuando nadie los ve.

Las cosas se hacen para que se vean. Estar en paz con Dios no es suficiente para mí si los demás no saben que soy practicante. La confesión en tinieblas es para las viejas que rezan el rosario en su cama, a solas. Yo sólo rezo el rosario en la iglesia y vengo cuando sé que hay más feligreses.

Ahí llega mi familia. Ya me estaban doliendo las rodillas… Ahora toca persignarse, levantarse y, cuando lleguen a mi banco, sentarme. 


domingo, 18 de septiembre de 2016

Sueño que soy un globo

Las confesiones al psicólogo
dicen mucho de nuestra vida


Hoy he tenido un extraño sueño. Me veía a mí mismo como un globo. Un globo ligero, con poca presión en su interior, que se dejaba llevar por el viento. Que alegremente danzaba cabalgando sobre las ráfagas de un cálido aire.

Era azul, un azul desenfadado. Todo lo que lo rodeaba era de tonos alegres. Era como si mi mundo fuese desenfadado, alegre, feliz.

En ese ir y venir a lomos del viento me cruzaba con otros globos. Unos rosas. Otros azules. Alguno de otro color. Cada uno con dibujos diferentes. Cada uno de un tamaño. Sentía una especie de atracción por los globo rosas. Aunque algunos parecían huir al sentir que yo me acercaba. Otros parecía que aceptaban mi presencia, danzando a mi lado, dejándose llevar por la cálida brisa. Algunos parecían perseguirme y eso no me gustaba.

Poco a poco iban quedando cada vez menos globos rosas a mi alrededor. Unos porque simplemente habían tomado una dirección diferente. Otros porque yo los había dejado atrás.  A algunos porque se les veía danzar pegados a un globo azul. Hasta que sólo quedó un globo.

Los dos nos dejábamos llevar por el viento. Sintiendo la brisa, sintiendo su calor, sintiendo sus caricias. Danzábamos y danzábamos. Casi como si fuéramos un solo globo.

Pasado un tiempo empecé a sentir un extraño aumento de la presión en mi interior. Aunque ese aumento de la presión lo compensaba con un aumento de la resistencia de mi piel. Aunque la presión aumentaba, mi tamaño no aumentaba en la misma proporción. Era una sensación chocante. Me sentía más pesado. Mi danza no era tan grácil. Mi ligereza no era la de antes.

El globo rosa seguía ahí, junto a mí. De vez en cuando chocaba conmigo. Entonces sentía de nuevo ese insólito aumento de presión. Era como si ese globo provocara en mí un aumento de la presión interior y no había manera de bajarla. Empecé a sentir cierto rechazo por el rosa, pero su danza era tan atractiva que me dejaba llevar por la brisa junto a él. Olvidaba el aumento de la presión con sus choques. Par mí sólo existía el gozo de la danza. Mi piel se adaptaba y por fuera no se notaba la gran presión que estaba acumulando.

Los choques con el globo rosa continuaban y cada vez eran más frecuentes. Cada choque provocaba un aumento de presión sin que nada consiguiera rebajarla. Sólo el aumento de mi resistencia compensaba esa presión cada vez mayor. Cada vez más insoportable.

Empecé a notar que el hilo que ataba mi boquilla empezaba a resbalar y cada vez se acercaba más al borde. Sabía que si llegaba a cierto punto abriría la boquilla y dejaría escapar la presión que me estaba asfixiando.

También sabía que si eso ocurría la corriente generada por el aire saliendo a presión me alejaría del globo rosa y puede lo perdiese su compañía. Pero era ese globo rosa el que con sus choques provocaba el aumento de mi presión, la resistencia de mi piel, haciéndola más resistente y a la vez más resbaladiza para el hilo que cerraba mi abertura.

En medio de la danza que teníamos los dos se produjo un nuevo choque. No fue un choque mayor que los demás, fue uno de tantos. La presión aumentó. Mi piel se adaptó. El hilo resbaló ligeramente. Sentí que mi presión empezaba a disminuir. Sentí el aire alrededor mientras volaba en espirales, alejándome del globo rosa con el que tanto había disfrutado en nuestra danza sobre la cálida brisa.

Poco después la presión se estabilizó y noté como mi boquilla se cerraba de nuevo. No sabía dónde estaba. Era un paisaje extraño. Un aire diferente me rodeaba. No reconocía nada. Pero mi presión era menor. No la deseable, pero aceptable. Mi piel era más dura, como curtida. Ningún globo se veía cerca. A lo lejos se veían otros de diferentes colores.

De pronto de desperté.

¿Qué cree que puede significar este sueño?